All of old. Nothing else ever. Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better.

Nothing else ever

Tortoise

A la hora de encararar la traducción y el lanzamiento en castellano del Ulises de Joyce, alguien observó: “¿Vieron qué parecidos suenan James Joyce y Rolls Royce? Bueno, James Joyce es el Rolls Royce de la literatura” Salvando las distancias –paradójicamente siempre insalvables- se podría decir que Tortoise es el Rolls Royce, el Audi de la “música popular”.

Corrían tiempos tumultuosos en el mundo del rock, el pop y la electrónica de los noventa. Dicen que la historia la escriben los que ganan, esa debe ser la razón por la cual la década pasará a los libros con un par de nombres impresos bien grandes: grunge, rock alternativo, brit pop, Radiohead, marcaron el pulso –comercial- de los 90s. Nirvana, Oasis, Metallica, Guns’n’Roses, Red Hot Chilli Peppers y Blur coparon los charts de rock, mientras que Radiohead tenía un hit sideral (“Creep”) para luego transformarse en efigie sacrosanta de la crítica. Esas bandas se consagraron ahí, arriba en el podio, y a pesar de que los tiempos cambiaron y ninguna de ellas es relevante actualmente, quedaron con ese halo de gloria que les consagra el hecho de ser ricos, riquísimos, y famosos.

Esa es la historia oficial, la historia de los ganadores.

Pero si la historia la escriben los que ganan eso quiere decir que hay otra historia, la historia verdadera. Porque mientras Nirvana hacía canciones de pop visceral y descarnado, un puñado de bandas, desde la oscuridad absoluta, se encargaban de revolucionar para siempre la música rock y electrónica mientras nos brindaban algunos de los mejores discos de la década. Hicieron pequeñas revoluciones de las que no se enteró nadie sino varios años después, en tiempos de internet y de todos los discos del mundo a dos clicks de distancia. Bandas de rock que no hacían música rock, bandas de electrónica que se proponían moverle el cerebro antes que la patita a la gente. Nada de esto era demasiado nuevo en esencia (recordemos a los maestros alemanes de los 70s y su krautrock) pero modernizaron y fusionaron ese sonido hasta despojarlo completamente de cualquier rastro antiguo o rancio: era música –en esa época- ultra moderna y ultra experimental. Hablo de grupos como Tortoise, que sin saberlo, compusieron una de las músicas más bellas y creativas de la década. Desde el post-rock cambiaron para siempre la definición de “buen gusto” en la música popular.

Tortoise comenzó haciendo un híbrido entre post-rock (un género bastante chato en sí), música espacial, dub y rock repetitivo. Su debut homónimo, es un disco donde se entrecruzan experimentaciones en bruto (“Onions wrapped in rubber”, “Magnet pulls through”) con algunas bellísimas piezas de post-rock (“Night air”, “Corpone brunch”, “On noble”, “Tin cans & twine”). El conjunto sonaba extremadamente seco, árido, artificial, oscuro y hasta un poco tosco, duro. Sólo el último tema dejaba ver un poco la luz con, tal vez, la canción más luminosa y bucólica que los de Chicago hayan hecho. Millions now living will never die (’96) es su obra maestra, pero también su álbum menos ecléctico. Las seis piezas que lo componen son vivaces (a diferencia de su debut) y enérgicos temas de post-rock, exquisitos, pero no demasiado experimentales. Al igual que en su álbum previo la banda busca la canción más triste del mundo, y le sale “Along the banks of rivers”, una joyita melancólica digna de ser escuchada de noche entre el humo de un club de jazz. Pero la pieza que marca el pulso del disco, su posiblemente mejor canción, es la obra maestrísima de la banda, “Djed”. En sus 22 minutos desafía –a la manera de los experimentadores de los 70s- la idea de qué es una canción. Algunos la comparan a una pequeña enciclopedia musical: krautrock, minimalismo, electrónica, indie rock, todo se amalgama de forma perfecta en un trip hipnótico y sideral, donde los loops y el rock repetitivo nos sumergen en lugares oscuros de nebulosas intersiderales. El crítico Scaruffi afirma que este es “un álbum extremadamente experimental, tan cerebral como un estudio científico y tan analítico como un teorema matemático”. Sin embargo, a mi juicio, sería en su próximo disco donde alcanzarían el non plus ultra de la experimentación, en donde derribarían las barreras del post-rock y harían un disco que es, prácticamente inclasificable. TNT (’98) es un álbum que de post-rock tiene sólo la etiqueta. Se la ponemos por decir algo, para tratar de categorizar a uno de los discos más increíbles e incategorizables de la década. TNT (además de tener una genial e inteligente portada) es el súmmum de la banda, una obra tan experimental y tan hermosa que es difícil atarla a un género. Scaruffi dice sobre el grupo que “la música de Tortoise está más ligada a la tradición de la música clásica (o al menos a la del jazz) que a la del rock”, y en este disco lo demuestra. Jazz rock, música minimalista, kraut, post-rock, electrónica, ambient, rock progresivo… Probablemente uno de los discos más importantes de los 90, TNT abre con el tema homónimo, una mezcla de jazz rock y post-rock, una exquisitez, una pieza hermosa y brillante. “Swung from the gutters” es el primer inclasificable y “Ten-day interval” es un ritmo sincopado minimalista. “I set my face to the hillside” no sólo es el mejor tema del disco sino también de la misma banda, la versión 2.0 de “Along the banks of rivers” y “Night air”. “The equator” es la segunda inclasificable aunque olemos electrónica y kraut, y “A simple way to go faster than light that doesn’t work” es experimentación en bruto, de sus pimeras épocas. “The suspensión bridge at iguazú falls” es la otra delicia del disco: nos recuerda al rock progresivo, pero infinitamente más claro, más luminoso, más bucólico, más bello. Si I set… es la versión 2.0 de “Night air”, ésta es la égloga 2.0 de “Corpone brunch”: una joyita con guitarras cristalinas y etéreas, diáfanas. Con “Almost always is nearly enough” y “Jetty” nos metemos más en la electrónica convulsa y experimental. Cabe detenerse en los ocho minutos de la última. “Jetty” es, de facto, un trip por nuestro cerebro. Si antes Tortoise había explorado el cosmos, “Jetty” se siente como la exploración de nuestra mente en plena actividad. Es casi como viajar por nuestros propios pensamientos y es, sin duda alguna, el tema más cerebral de la banda. Podría ser el soundtrack ideal para viajar al futuro o tal vez es el tema que debería haber en la secuencia del viaje intergaláctico de los últimos 20 minutos de 2001. “Everglade” es, recién, el primer tema de post-rock puro del álbum. Y lo cierra soberbiamente.

Con sus posteriores discos, dicen, Tortoise creería que ser experimental significa hacer música para ascensor, pero esa es otra historia. Nada de lo que pueda o no hacer en el futuro le quitará el privilegio de ser una de las mejores, más originales, creativas, experimentales, finas, hermosas e importantes bandas de los 90 y de la historia del rock experimental.

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Written by porlaverdad3

11/04/2009 a 04:01

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