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Nothing else ever

El momento más cruel del universo: la hora de elegir equipos en la clase de educación física

Creo que no hay momento más cruel, pero tampoco más definitorio, que sintetice mejor la vida, que cuando somos niños (este misma actividad en la adolescencia es aburrida porque ya aprendimos a socializarnos, por lo tanto, la inocencia y el desenfado de la niñez se pierde y esto pasa a ser un mero trámite, una actividad burocrática sin pasión ni consecuencias ni sentimientos ni nada. Todo es muchísimo más interesante y visceral cuando se es niño), la hora de elegir equipos en la clase de educación física/gimnasia.

A priori parecería ser una actividad democrática: dos, tres o cuatro alumnos al azar –elegidos por el profesor frecuentemente- escogen, teóricamente sin otras presiones que su propio deseo, a los que serán sus compañeros de equipo por el resto de la clase en el deporte que toque, ya sea fútbol, voley, handball o lo que sea. Cuatro “elegidos” escogen a los demás (pensándolo mejor no parece tan democrático).

Esta actividad es ante todo una muestra de lealtades. Digo esto porque siempre está la tentación de elegir a alguien que juegue bien, pero nos caiga mal o no lo conozcamos, antes que un amigo que sabemos que juega pésimo. Todo depende de la personalidad del “elegido”: si prefiere ganar o si antepone el juego con amigos (generalmente el primero es el que luego a la hora de hacer un trabajo práctico busca la compañía de los más inteligentes del curso). Algunos son capaces de dejar de lado a sus mejores compañeros de clase con tal de armarse un equipo hecho exclusivamente de los mega “deportistas” del curso (que siempre hay).

Las lealtades son puestas en juego. Un mejor amigo que no es escogido primero puede verse decepcionado o hasta traicionado, y surgen las comparaciones ¿lo escogió a mengano porque es mejor amigo que yo? Surgen las presiones también. El “escogido” deberá maniobrar entre una catarata de gritos y llamados para armar un grupo que lo satisfaga a la hora de jugar. Deberá decidir entre dos personas a las que quiere de formas iguales sabiendo que sin embargo no puede tener ambas. Sólo podemos imaginar –o intentar recordar- saber qué se siente ser el “escogido” encargado de de la difícil tarea de conformar un grupo que satisfaga a todos: al profesor, a sus amigos, a sus compañeros y a él mismo.

Es dificilísimo. No es nada fácil tener que elegir equipo en educación física. Hay tantas cosas que considerar, que sopesar, obviamente, podemos hacerlo todo a la ligera y no prestarle mucha atención a nuestras decisiones, pero las consecuencias pueden ser funestas (exagero. Pocas veces hay consecuencias perdurables cuando se es niño).

El momento más interesante es definitivamente el final. El momento crucial es cuando toca elegir a los que, inevitable y perennemente, quedan últimos. A los excluidos. Este momento es curiosísimo. Para empezar, yo era de los que siempre eran elegidos últimos. Recuerdo mi táctica: fingir que no me importaba. Que seguía ahí como si nada, como si no me hubiese enterado siquiera de que ya casi habían elegidos a todos los chicos. Esa era mi táctica. Conmigo quedaban los típicos: el “gordito”, el “molesto”, el “raro”. Yo era el “callado”, así que también quedaba último. Cada uno tenía su táctica diferente. El gordito siempre llamaba la atención y trataba de evitar a toda costa el fatal y, seguro, desenlace (había poco que pudiéramos hacer que nos evitara ser los patéticos y humillados últimos). A la mayoría de los que siempre debían encarar esta situación parecía no importarles. Jamás sabré si de verdad. (Me gustaría preguntarles ahora, “¿te molestaba que siempre te eligieran último en gimnasia? Parecías tan calmado. ¿Te molestaba?”) Si disimulaban lo hacían bastante bien. O tal vez sencillamente nunca fui bueno para observar a la gente (cosa mucho más probable).

También estaban los que, sin formar parte de los perennes últimos, quedaban en esa incómoda situación por una contingencia (después de todo, alguien, siempre, debe quedar último). Me pregunto cómo se habrá sentido para ellos formar parte, aunque sea por un suspiro, de los “excluidos”, de los de afuera. ¿Vergüenza, incomodidad tal vez? ¿Decepción por haber sido dejado atrás? Ellos sabían que no pertenecían a ese grupo, sin embargo, por un momento, se sintió casi partícipe de ellos, de su obvio fracaso.

Puede ser un momento de replanteos además. A alguien que pareciera estar en los estratos superiores o medios de la clase, pero que constante y regularmente es dejado último por sus compañeros, se le podrían replantear algunas cosas acerca de su verdadera influencia en el grupo. Tal vez es simplemente un hecho puntual (verbigracia, es gordo y totalmente incapaz de hacer amistad con el ejercicio físico), pero puede que no. Supongo que para este hipotético niño debería ser difícil ver que era dejado con un grupo al que –pensaba- no pertenecía, cuando se sentía –con seguridad y orgullo- amigo del rey.

¿Cómo reaccionaba el niño final, el postrero en la sucesión de nombres que gritaban los elegidos? ¿Corría hacia su flamante grupo con alegría de que, por fin, la tortura se había terminado? ¿O se arrastraba con la cabeza gacha sabiendo que la otra semana sería, con la rigidez y seguridad del tic-tac de un reloj, invariablemente igual?

Written by porlaverdad3

18/05/2009 a 01:09

Publicado en Miscelanea, Reflexiones

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