All of old. Nothing else ever. Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better.

Nothing else ever

Kafka

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POSEIDÓN

Poseidón se sentó ante su mesa de trabajo y revisó las cuentas. La administración
de todos los océanos lo tenía muy atareado. Podía emplear
los asistentes que quisiera, y por cierto tenía muchos, pero responsable,
como era, insistía en revisar personalmente cuenta por cuenta, así
que sus asistentes de poco le servían. No diría que le deleitaba este
trabajo, lo hacía simplemente porque se le había asignado. Es cierto
que ya con frecuencia había pedido una tarea más animada, pero entre
los varios trabajos que le fueron sugeridos, se observó que su disposición
natural era para su presente empleo. Ni decirlo, sería demasiado
difícil conseguirle otra ocupación. Tampoco pensar en ponerlo a administrar
determinado mar. Dejando a un lado que la tarea no sería más
fácil, sólo inferior, el gran Poseidón, por el contrario, debía obtener un
puesto más importante. Cuando se le ofreció un cargo sin afinidad a las
aguas, la sola idea lo enfermó, su aliento divino decayó y su broncíneo
torso comenzó a jadear. Lo cierto era que nadie tomaba muy en serio
las quejas de Poseidón, pero cuando alguien de su poderosa talla se
lamenta, por lo menos se debe simular que se lo escucha, aunque sea
una situación sin perspectivas. Realmente, nadie pensaba en separar a
Poseidón de su cargo ; desde los orígenes estaba destinado a ser el
dios de los mares y eso no podía ser modificado.
Lo que más le irritaba –y esto era lo que lo indisponía con su trabajo–,
eran los rumores que circulaban sobre él. Por ejemplo, que constantemente
cabalgaba sobre las olas con su tridente, como un cochero,
cuando la verdad era que se encontraba sentado en las profundidades
de los océanos sin terminar nunca con sus cuentas. La única interrupción
a esa monotonía era, de vez en cuando, un viaje hasta Júpiter, del
cual siempre regresaba exasperado. De ahí que casi no conocía los
océanos, sólo los había visto en sus furtivas ascensiones al Olimpo. Y
no se podía afirmar que realmente los hubiera navegado. Acostumbraba
decir que lo haría cuando el mundo tocara a su fin, sólo para entonces
tendría un momento de descanso. Justo antes del fin del mundo y sólo
después de haber revisado la última cuenta le daría tiempo para una
rápida gira.

ANTE LA LEY
(1914)
Ante la Ley hay un guardián. Hasta ese guardián llega un campesino y
le ruega que le permita entrar a la Ley. Pero el guardián responde que
en ese momento no le puede franquear el acceso. El hombre reflexiona
y luego pregunta si es que podrá entrar más tarde.
–Es posible –dice el guardián–, pero ahora, no.
Las puertas de la Ley están abiertas, como siempre, y el guardián se ha
hecho a un lado, de modo que el hombre se inclina para atisbar el
interior. Cuando el guardián lo advierte, ríe y dice:
–Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero
recuerda esto: yo soy poderoso. Y yo soy sólo el último de los
guardianes. De sala en sala irás encontrando guardianes cada vez más
poderosos. Ni siquiera yo puedo soportar la sola vista del tercero.
El campesino no había previsto semejantes dificultades. Después de
todo, la Ley debería ser accesible a todos y en todo momento, piensa.
Pero cuando mira con más detenimiento al guardián, con su largo
abrigo de pieles, su gran nariz puntiaguda, la larga y negra barba de
tártaro, se decide a esperar hasta que él le conceda el permiso para
entrar. El guardián le da un banquillo y le permite sentarse al lado de la
puerta. Allí permanece el hombre días y años. Muchas veces intenta
entrar e importuna al guardián con sus ruegos. El guardián le formula,
con frecuencia, pequeños interrogatorios. Le pregunta acerca de su
terruño y de muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes,
como las de los grandes señores, y al final le repite siempre que aún no
lo puede dejar entrar. El hombre, que estaba bien provisto para el
viaje, invierte todo –hasta lo más valioso– en sobornar al guardián.
Este acepta todo, pero siempre repite lo mismo:
–Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.
Durante todos esos años, el hombre observa ininterrumpidamente al
guardián. Olvida a todos los demás guardianes y aquél le parece ser el
único obstáculo que se opone a su acceso a la Ley. Durante los
primeros años maldice su suerte en voz alta, sin reparar en nada;
cuando envejece, ya sólo murmura como para sí. Se vuelve pueril, y
como en esos años que ha consagrado al estudio del guardián ha
llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, también
suplica a las pulgas que lo ayuden a persuadir al guardián. Finalmente
su vista se debilita y ya no sabe si en la realidad está oscureciendo a su
alrededor o si lo engañan los ojos. Pero en aquellas penumbras
descubre un resplandor inextinguible que emerge de las puertas de la
Ley. Ya no le resta mucha vida. Antes de morir resume todas las
experiencias de aquellos años en una pregunta, que nunca había
formulado al guardián. Le hace una seña para que se aproxime, pues su
cuerpo rígido ya no le permite incorporarse.
El guardián se ve obligado a inclinarse mucho, porque las diferencias de
estatura se han acentuado señaladamente con el tiempo, en desmedro
del campesino.
–¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián–. Eres insaciable.
–Todos buscan la Ley –dice el hombre–. ¿Y cómo es que en todos los
años que llevo aquí, nadie más que yo ha solicitado permiso para llegar
a ella?
El guardián comprendiendo que el hombre está a punto de expirar, le
grita, para que sus oídos debilitados perciban las palabras.
–Nadie más podía entrar por aquí, porque esta entrada estaba
destinada a ti solamente. Ahora voy a cerrarla.

EL SILENCIO DE LA SIRENAS
Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir
para la salvación. He aquí la prueba:
Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera
y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía
que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho
lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde
lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos
habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas.
Ulises no pensó en eso, si bien quizás alguna vez, algo había llegado a
sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo
de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en
pos de las sirenas con inocente alegría.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el
canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien
se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio.
Ningún sentimiento terreno puede equiparse a la vanidad de haberlas
vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal
vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio,
tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien
sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.
Ulises, (para expresarlo de alguna manera), no oyó el silencio. Estaba
convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente,
vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda,
los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo
era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo
comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte
personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no
supo mas acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban
sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando
la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un
momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían sido exterminadas aquel día.
Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era
tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces
de penetrar en su fuero interno. Puede que, aunque esto ya sea incomprensible para
la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan
sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera
a modo de escudo.

PREOCUPACIONES DE UN PADRE DE FAMILIA
(1917)
Algunos dicen que la palabra Odradek es de origen eslovaco, y de
acuerdo a esto tratan de explicar su etimología. Otros en cambio, creen
que es de origen alemán y sólo tiene influencia eslovaca. La imprecisión
de ambas interpretaciones permite suponer, sin error, que ninguna de
las dos es verdadera, sobre todo porque ninguna de las dos nos revela
que esta palabra tenga algún sentido.
Naturalmente, nadie haría estos estudios si no existiera en realidad un
ser que se llama Odradek. A primera vista se asemeja a un carretel de
hilo, plano y en forma de estrella, y en efecto, también parece que tuviera
hilos arrollados; por supuesto, sólo son trozos de hilos viejos y rotos,
de diversos tipos y colores, no sólo anudados, sino también enredados
entre sí. Pero no es sólo un carretel, porque en medio de la
estrella, emerge un travesaño pequeño, y sobre éste, en ángulo recto,
se inserta otro. Con ayuda de esta última barrita, de un lado, y de uno
de los rayos de las estrellas del otro, el conjunto puede sostenerse
como sobre dos patas.
Uno se siente inclinado a creer que esta criatura tuvo en otro tiempo
alguna especie de forma inteligible, y ahora está rota. Pero esto no parece
comprobado; por lo menos, no hay nada que lo demuestre; no se
ve ningún agregado o rajadura que corrobore esta suposición; es un
conjunto bastante absurdo pero dentro de su estilo, bien definido. De
todos modos, no es posible un estudio más minucioso, porque Odradek
es extraordinariamente ágil y no se lo puede apresar.
Se esconde alternativamente en la buhardilla, en la caja de la escalera,
en los corredores, en el vestíbulo. A veces no se lo ve durante meses;
suele mudarse a otra casa; pero siempre vuelve, fielmente, a la nuestra.
A menudo, cuando al salir por la puerta uno se lo encuentra apoyado
justamente debajo en la escalera, siente deseos de hablarle. Naturalmente,
no le hace una pregunta difícil, más bien lo trata –su tamaño
diminuto lo exige– como a un niño.
–Bueno, ¿cómo te llamas?
–Odradek –dice él.
–¿Y dónde vives?
–Domicilio indeterminado–dice, y ríe; es la risa que podría hacer alguien que
no tiene pulmones. Suena más o menos como el susurro de las hojas
caídas.
Y así termina generalmente la conversación. Por otra parte, no siempre
responde, frecuentemente se queda mucho tiempo callado, como la
madera de que parece estar hecho.
Ociosamente, me pregunto qué será de él. ¿Será posible que se muera?
Todo lo que se muere tiene que haber tenido alguna especie de intención,
alguna especie de actividad, que lo haya gastado; pero esto no
puede decirse de Odradek. ¿Será posible entonces que siga rodando por
las escaleras y arrastrando pedazos de hilo ante los pies de mis hijos y
de los hijos de mis hijos? Evidentemente, no hace mal a nadie; pero la
idea de que pueda sobrevivirme me resulta casi dolorosa.

LA PRUEBA
No hay trabajo para un criado. Soy medroso y no me pongo en evidencia;
ni siquiera me coloco en fila con los demás, pero esto es sólo una
de las causas de mi falta de ocupación; también es posible que nada
tenga que ver con eso; lo
importante es, en todo caso, que no soy llamado a prestar servicio;
otros han sido llamados y no han hecho más gestiones que yo; y acaso
ni siquiera han tenido alguna vez el deseo de ser llamados, en tanto
que yo lo he sentido, a veces, con mucha intensidad.
Así yazgo, pues, en el catre del cuarto de los criados, la mirada fija en
las vigas del techo, me duermo, me despierto y, en seguida, vuelvo a
dormirme. A veces cruzo hasta la taberna, donde sirven cerveza agria;
algunas veces por fastidio, he volcado un vaso, pero luego vuelvo a beber.
Me gusta sentarme allí porque, detrás de la pequeña ventana cerrada
y sin que nadie me descubra puedo contemplar las ventanas de
casa. No se ve gran cosa; a la calle dan, según creo, sólo las ventanas
de los corredores, y además, no de aquellos que llevan a los cuartos de
los señores; es posible también que me equivoque; alguien lo sostuvo
una vez, sin que yo se lo preguntara, y la impresión general de la fachada
lo confirma. Sólo de vez en cuando se abren las ventanas, y
cuando esto ocurre, lo hace un criado, que se inclina también sobre el
antepecho para echar un vistazo hacia abajo. Son, pues, corredores
donde no puede ser sorprendido. Por lo demás no conozco a esos criados;
los que son ocupados permanentemente arriba, duermen en otro
lugar; no en mi cuarto.
Una vez, al llegar a la hostelería, un huésped ocupaba ya mi lugar de
observación; no me atreví a mirar en forma directa hacia donde estaba
y quise volverme en la puerta para irme en seguida. Pero el huésped
me llamó y, así, entonces, advertí que también era un criado al que yo
había visto una vez en alguna parte, aunque sin haber hablado nunca
hasta entonces.
–¿Por qué quieres escapar? Siéntate aquí y bebe. Te invito.
Me senté, entonces. Me preguntó algo, pero no pude responder; ni siquiera
comprendía las preguntas. Por eso le dije:
–Quizás ahora te arrepientas de haberme invitado. Me voy, pues.
Quise levantarme. Pero él extendió la mano por encima de la mesa y
me retuvo en el asiento.
–Quédate –dijo–. Era sólo una prueba. El que no responde aprueba.

LA PARTIDA
Ordené que trajeran mi caballo del establo. El criado no me entendió,
así que fui yo mismo. Ensillé el caballo y lo monté. A la distancia oí el
sonido de una trompeta y pregunté el mozo su significado. El no sabía
nada; no había oído sonido alguno. En el portón me detuvo y preguntó:
–¿Hacia dónde cabalga, señor?
–No lo sé –respondí–, sólo quiero partir, sólo partir, nada más que partir
de aquí. Sólo así lograré llegar a mi meta.
–¿Entonces conoce usted la meta? –preguntó él.
–Sí –contesté–. Ya te lo he dicho. Partir, ésa es mi meta.
–¿No lleva provisiones?–preguntó.
–No me son necesarias –respondí–, el viaje es tan largo que moriré de
hambre si no consigo aumentos por el camino. No hay provisión que
pueda salvarme. Por suerte es un viaje realmente interminable.

DE NOCHE
¡Hundirse en la noche! Así como a veces se sumerge la cabeza en el
pecho para reflexionar, sumergirse por completo en la noche. Alrededor
duermen, los hombres. Un pequeño espectáculo, un autoengaño inocente,
es el de dormir en casas, en camas sólidas, bajo techo seguro,
estirados o encogidos, sobre colchones, entre sábanas, bajo mantas; en
realidad se han encontrado reunidos como antes una vez y como después
en una comarca desierta: un campamento al raso, una inabarcable
cantidad de personas, un ejército, un pueblo bajo un cielo frío, sobre
una tierra fría, arrojados al suelo allí donde antes se estuvo de pie,
con la frente contra el brazo, y la cara contra el suelo, respirando pausadamente.
Y tú velas, eres uno de los vigías, hallas al prójimo agitando
el leño encendido que cogiste del montón de astillas, junto a ti. ¿Por
qué velas? Alguien tiene que velar, se ha dicho. Alguien tiene que estar
ahí.

UNA PEQUEÑA FÁBULA
–¡Ay! –dijo el ratón–. El mundo se hace cada día más pequeño. Al principio
era tan grande que le tenía miedo; corría y corría y por cierto que
me alegraba ver esos muros, a diestra y siniestra, en la distancia. Pero
esas paredes se estrechan tan rápido que me encuentro en el último
cuarto y ahí en el rincón está la trampa, sobre la cual debo pasar.
–Todo lo que debes hacer es cambiar de rumbo –dijo el gato, y se lo
comió.

LA PARTIDA
Ordené que trajeran mi caballo del establo. El criado no me entendió,
así que fui yo mismo. Ensillé el caballo y lo monté. A la distancia oí el
sonido de una trompeta y pregunté el mozo su significado. El no sabía
nada; no había oído sonido alguno. En el portón me detuvo y preguntó:
–¿Hacia dónde cabalga, señor?
–No lo sé –respondí–, sólo quiero partir, sólo partir, nada más que partir
de aquí. Sólo así lograré llegar a mi meta.
–¿Entonces conoce usted la meta? –preguntó él.
–Sí –contesté–. Ya te lo he dicho. Partir, ésa es mi meta.
–¿No lleva provisiones?–preguntó.
–No me son necesarias –respondí–, el viaje es tan largo que moriré de
hambre si no consigo aumentos por el camino. No hay provisión que
pueda salvarme. Por suerte es un viaje realmente interminable.

A veces me pregunto qué clase de alma pudo escribir cuentos semejantes. Qué musa habrá inspirado a un tal judío checo oprimido por su padre a escribir esas fantasías desoladoras, angustiantes, incómodas, torturadas, desasosegadoras.

Borges observaba que “Dos ideas –mejor dicho, dos obsesiones- rigen la obra de Franz Kafka. La subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda. En casi todas sus ficciones hay jerarquías y esas jerarquías son infinitas. […] La crítica deplora que en las tres novelas de Kafka falten muchos capítulos intermedios, pero reconoce que esos capítulos no son imprescindibles. […] El pathos de esas “inconclusas” novelas nace precisamente del número infinito de obstáculos que detienen y vuelven a detener a sus héroes idénticos. Franz Kafka no las terminó porque lo esencial era que fuesen interminables. *[…] Kafka no tiene porqué enumerar todas las vicisitudes. Bástenos comprender que son infinitas, como el Infierno.”

No existe escapatoria posible al caer en lugares comunes y banalidades, si ensayara una especie de crítica, de análisis (como si tales cosas me fueran posibles). Y es que en realidad, tampoco tengo mucho que decir que no sea un lugar común, algo ya dicho y redicho y sabido por todos. Sólo me queda mencionar mi propia experiencia. Pero, qué decir, ¿que sus ambientes –laberintos los llama Bioy Casares, seguramente por influencia de Borges- atroces me hacen, irremediablemente, temblar cada vez que los visito; que sus fantasías-pesadillas hechas de absurdo mandan escalofríos a través de mi espalda; que ese absurdo es la incomprensión, la incomprensión ante fuerzas que nos superan y desconocemos y que son tan inalcanzables como absolutas?

Bioy Casares afirma que “Kafka, con ambientes cotidianos, mediocres, burocráticos, logra la depresión y el horror”. Y es que hay algo de horror intrínseco o de violencia implícita, en cuentos como “Poseidón” (“Solía decir que por eso esperaba que llegase el fin del mundo, dónde, y sólo después de haber revisado la última cuenta, tendría tiempo para una rápida gira”), “El silencio de las sirenas” (“De haber tenido conciencia, las Sirenas habrían sido exterminadas ese mismo día”), “El escudo de la ciudad”, “Prometeo”, “El buitre”, “Una confusión cotidiana”, o especialmente –en la humilde opinión de quien esto escribe- “Preocupaciones de un padre de familia”. Sus cuentos nos aterrorizan, sin ser en absoluto de terror. Ese terror, como el de la literatura fantástica, proviene del absurdo. O, mejor dicho, de esas postergaciones infinitas, de la infinita subordinación ante algo que no comprendemos. El terror de cuentos como Poseidón o “El escudo de la ciudad” viene de eso que no podemos explicar, de que no hay explicación. Particularmente, en mi modesta opinión, el terror absoluto de “Poseidón” viene de esa última frase “en el fin del mundo, y sólo después de haber revisado la última cuenta, tendría tiempo para una rápida gira”. Ante la destrucción del mundo, revisar las últimas cuentas. Esa clase de terror nos invade.

En mi opinión, hay una gran violencia contenida en la obra de Kafka. Una especie de espasmo solo visible superficialmente, una especie de viscerabilidad, de violencia implícita, la recorre. En “El puente”, en “Una confusión cotidiana” o “El escudo de la ciudad” se hace visible más explícitamente, en “Comunidad”, “El piloto”, “¡No bromees!”, “Sobre el reclutamiento de tropas”, las deducimos de los actos de los personajes, de la violencia y prepotencia con la que se tratan (como en Comunidad). A veces, esa violencia no es física, sino simplemente producto del abuso.

Jordi Llovet observa que la literatura de Kafka es literatura anarquista. “Toda la literatura de Kafka podría ser considerada como una muestra apabullante y genial de literatura anarquista […] sino fuera por dos elementos: Su respeto por una Ley Verdadera que parece haberse esfumado […] y su radical imposibilidad de compartir cualquier credo político, incluso del que los niega a todos”. Lo confirma esta anécdota de Kafka con Max Brod, su bienaventurado e insubordinado albacea: Una tarde al volver del Instituto de Seguros contra Accidentes de trabajo [su labor allí era, en palabras de Juan Forn “contemplar –y luego redactar, con lujo de detalles- todas las posibilidades en que las máquinas podían dañar al hombre […] todas descriptas en el lenguaje más puntilloso, desapasionado, razonable], luego de haber tratado toda la jornada con obreros mutilados a causa de las deficientes condiciones laborales, Kafka le dijo a Max Brod con perplejidad: “Vienen mansamente a ver si podemos hacer algo por ellos, en lugar de destruir el Instituto y aniquilarlo todo”. En efecto: algo de profundamente anarquista, de rebeldía -no, la palabra no es rebeldía. Es más bien impotencia– contra leyes que “no son conocidas por todos: son secreto de la nobleza que nos gobierna” hay en cuentos como “La denegación”, el citado “Sobre la cuestión de las leyes”, “¡No bromees!, “El golpe en el portón de la esquina, “La construcción de la muralla china”. En el último de ellos, se menciona que “En el despacho de la Dirección –dónde estaba y quiénes estaban, eso lo han ignorado y lo ignoran cuántos he interrogado–, en ese despacho se agitaban, sin duda, todos los pensamientos y todos los deseos humanos e inversamente todas las metas y todas las plenitudes.”. Son cuentos, en mi humildísima opinión, profundamente anarquistas sin ser jamás, nunca, panfletarios o políticos. El ideal anarquista viene del reconocimiento que hace a través de ellos, el lector, del Estado burocrático como un sistema inherentemente injusto.

“La literatura de Kafka ha sido considerada profética de la crueldad y el absurdo que la existencia humana alcanzaría a lo largo del siglo XX” dice, anónimamente, el Clarín. Permítanme, por una vez, estar de acuerdo.

Posdata 1: Verdaderamente les recomiendo que, al menos, intenten sumergirse en las uniformes y tenebrosamente racionales pesadillas de Kafka. Sus textos son harto fáciles de conseguir y sin duda alguna en cualquier librería deben tener, al menos, La metamorfosis o alguna antología de sus relatos cortos, tanto más superiores (por ser más breves, más condensados) a sus novelas y cuentos largos. En sus páginas podrán encontrar, se los prometo, el mismo estupor, el resignado pesimismo y la misma angustia ante el absurdo del mundo que, muchos de los que lo habitamos, compartimos con él. Creo que pocas (ninguna) literatura sintetiza tan soberbiamente la perplejidad y angustia ante el absurdo con el que tenemos que lidiar, día a día, en esta vida y en esta lucha.

Posdata 2: No incluí, por razones de espacio, el que es, para mí gusto, el mejor relato largo de Kafka: La construcción, una verdadera fantasía fantasmal, claustrofóbica, alucinatoria y paranoica. Su oración postrera (o, quizás, todo el relato) sintetiza una angustia que pocas veces he encontrado en la literatura.

Posdata 3: No sé si, entre todas mis opiniones personales, alguna merezca un mínimo de atención. No soy crítico literario y supongo que cualquiera podría hacer un análisis más profundo, pero sólo me limité a dar mi humildísima opinión.

*Las bastardillas son mías.

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