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Joshua polémico: “los ideales del Mayo Francés pertenecen a un plano socio-político que el pensamiento posmodernista aniquiló”

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Ya no hay lugar para las revoluciones ni los revolucionarios”, dice, entristecido y reclinado sobre su sillón favorito, Joshua. El lugar es su mansión estilo musulmán del siglo X, cuando los árabes erigieron hermosas e imponentes estructuras durante la ocupación, en las afueras de La Garcha, sobre el mediterráneo.

Estamos en su biblioteca, una ventana abierta deja entrar la cálida brisa del mar, los volúmenes y tomos de enciclopedias y literaturas européas (ahí puedo ver toda una sección dedicada a la prosa inglesa –Kipling, Wilde, Shaw, Stevenson, Conrad- más allá, dos estantes a los germanos –Kafka, Goethe, Schiller, Nietzche, Mann- y podríamos seguir) y americanos llenan por completo las paredes del amplio cuarto. Está acomodado en su sillón, fumando un habano, con una copa de Brandy en la mesita contigua, hojeando un libro que está terminando por estos días (“Revolución burguesa en la estructura feudal”, del historiador irlandés Cumming).

Se lo ve relajado, tranquilo, cómodo: está en su territorio, su lugar, rodeado del saber, donde intenta desentrañar sus misterios según dice: con humildad, pero también con pasión, “como corresponde” afirma con seguridad. Luego larga la primera polémica: “El mundo coetáneo, posmodernista y trivializado aniquiló, enajenando de su esencia, el espíritu de las revoluciones liberales” dice, sabiendo que sus palabras son polémicas, controversiales, que tal vez le granjearán insultos y refutaciones. A él no le importa: el fundamento de su pensar está perfectamente delineado, trazado, sus argumentos son nítidos y claros. Sigue con sus dardos: “a partir del estructuralismo de Strauss y Focault la historia toma claramente una posición anti-marxista, única, donde abstracciones ajenas a la realidad trascendente del individuo empezaron a corporizarse de manera casi ontológica, desgarrando el sentido de necesidad de cambio, de revolución que instauraron los grandes pensadores del siglo XVII y XVIII”. Se detiene un segundo y fuma de su habano. El humo gris, liviano, inunda la habitación. Me mira, incisivo: sabe que lo que acaba de decir es polémico, controvertido, hereje lo considerarían muchos. Espera una reacción ante semejante osadía de pensamiento. Yo, intentando digerir la profundidad de su discurso, escapo a su mirada penetrante y dejo que mis ojos vaguen por la enorme biblioteca. Localizo un volumen que me llama la atención: “Vanguardias del siglo XX”, del artista y crítico de arte Le Garomp. Lo comento. Afirmo que siempre lo había imaginado más apegado al clasicismo en el arte que a la avant-garde. Se ríe juguetonamente, con una sonrisa me contesta: “Puede ser. Esa impresión es común según me han dicho. Pero considero que un pensamiento revolucionario sólo puede ir acompañado de un arte revolucionario”. La coherencia de su inteligencia me ruboriza: en el ideal de artistas como Sastre o el mismo Le Garomp, considera que arte (o por lo menos un arte) y rebelión son lo mismo. Sus referencias eruditas continúan: “a partir del pop-art, o aún antes, yo diría a partir del expresionismo abstracto, se ve un quiebre, una fisura en la relación dual, esencial, entre Yo y Sociedad. A partir de entonces se crea una brecha, que trasciende ampliamente la esfera externa, política –o lo que el filósofo sueco Larv denominó ‘Campo del actuar’- y que se ubica en un lugar más, por así decirlo, psíquico, de irrealidad insustancial pero coherencia interna. Esa es la gran diferencia. Proceso que por supuesto abarca las décadas de la afirmación de la megalópolis como ‘campo del actuar’ por excelencia”.

La profundidad de su pensamiento me abruma y, porqué no admitirlo, excita. Joshua me mira y espera una respuesta, de aquiescencia, refutación o duda. Su saber me excita y le propongo ir a su pieza, aprovechando la soledad de su casa, para seguir discutiendo más tranquilos en su cama. Él me mira, se ríe y dice “cómo no”. Y nos vamos. El resto, imagínenselo ustedes.

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