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Nothing else ever

Una costumbre bien cristiana: crear inseguridad, vergüenza y culpa

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Decir que el cristianismo fue una de las principales fuerzas conservadoras y retrógradas del último siglo es casi injusto: como todas las cosas, la fe de Cristo tiene sus lados buenos y malos y su labor comunitario y su prédica de amar al prójimo e incluso al enemigo “como a uno mismo” fue toda una revolución en el pensamiento humano, por más que luego las palabras de Jesús fueran interpretadas arbitrariamente por casi todos y casi siempre. Dije “casi injusto” porque no se puede negar que los católicos (no en general, por supuesto, hay católicos que entienden la religión como lo que verdaderamente es: amor hacia el prójimo, y contra ellos no tengo nada) han tenido tantos o más pifies que aciertos. Lo particularmente irritante es esta especie de táctica católica de la culpa. La culpa es central en esta religión. De acuerdo a ella, el pecado puede ser lavado, pero sólo mediante la confesión, el arrepentimiento y la fe, y, por supuesto, la que concede el perdón es la Iglesia.

El cristianismo busca, siempre buscó, generar culpa. Por los actos, pero principalmente por los pensamientos. Pensar puede ser un pecado de acuerdo al credo. Los deseos sexuales pueden ser un pecado capital. Recordemos “no desearás a la mujer de tu prójimo”, “no codiciarás los bienes de tu vecino”, etcétera. Desear, querer algo, puede ser malvado, un pecado. La masturbación es una desviación. Los pensamientos sexuales “impuros” son maliciosos, aún más si son fuera del matrimonio. Este imaginario persistió durante siglos en el pensamiento occidental. Nadie cuestionó durante mucho tiempo que los deseos e impulsos naturales pudieran no ser pecado.

Ahora bien, ¿para qué quiere el cristianismo instaurar la culpa? Bueno, es claro que si hay “pecado” hay culpa, y con ella arrepentimiento, y si hay arrepentimiento hay perdón. ¿Y quién otorga el perdón sino Cristo y su iglesia? Instaurar, primero el pecado donde sólo hay instintos naturales y segundo, la culpa, no es, no fue nunca, más que una táctica evangelizadora, para atraer “pecadores”, “desviados”, al seno de la iglesia en busca de perdón. Lo podemos ver todavía hoy en día, en la tele, donde los pastores que hablan portuñol ordenan: “pare de sufrir”. Su target es el de los que se sienten culpables, los que sufren y se consideran inmorales, anormales, pervertidos. Y para que haya inmorales, anormales y pervertidos primero debe existir la inmoralidad, la anormalidad, la perversión.

Durante cientos de años los cristianos juzgaron a la homosexualidad como una enfermedad, una perversión, una desviación del recto camino de Dios. Al tiempo que ofrecían, por supuesto, el perdón, a cambio de unirse a la fe de Cristo. Se ofrecían “curar” a los gays integrándolos a su credo, pero para eso, para que haya una cura primero debe haber una enfermedad, como bien lo sabe la industria farmacéutica.

Ahora intentan hacer lo mismo con los paidófilos. La prueba: cierto video de youtube sobre lolicón que pueden encontrar fácilmente por google. La táctica es exactamente la misma. Pasa que ahora queda mal decir que los gays son enfermos, así que la Iglesia debe encontrar nuevas víctimas para su programa evangelizador. Debe encontrar nuevas parias, nuevos “enfermos” a los cuales ofrecerle el infinito amor del Señor, personas con baja autoestima, con culpa, de espíritu endeble (acá entra en juego todo el trabajo previo de degradación, humillación, victimización y desprecio por el diferente). La iglesia les ofrece su seno, como madre que consuela en su pecho a su hijo descarriado. Todo con tal de captar creyentes.

El discurso es IDÉNTICO, es EXACTAMENTE el mismo, tan igual que parece calcado. Solamente cambian los argumentos. Intercambien la palabra “pedófilo” por “homosexual” y el discurso es exactamente el mismo: son “enfermos”, “pervertidos”, etcétera, que pueden ser “curados” sólo por el Amor Divino.

Y lo peor es que hay gente que se lo traga. Que cree que detrás de este juicio moralizante hay algo más que prejuicio puro, ignorancia supina y moral rancia. Que cree que DESEAR algo está mal. Que tener pensamientos sexuales (estén dirigidos hacia lo que sea que estén dirigidos) es un pecado. Que existe algo como una “sexualidad normal” y que todas las demás son perversiones.

Ojalá pasemos esta etapa y dejemos de creer, de una buena vez, que alguien se va a ir al infierno por lo que se le venga a la mente a la hora de fantasear.

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