All of old. Nothing else ever. Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better.

Nothing else ever

Macedonio Fernández: impensador mucho

 

 

“Si muero será con mucha sorpresa de mi parte”

 

Mucho se ha hablado de Macedonio y Borges. Muchos –entre los que me incluyo- lo conocimos ante las constantes y sonantes alabanzas que el último no dudaba en prodigar. También por esa recomendación, irresistible, que aparecía sobre el cuento de Macedonio “Tantalia” (irresistible también) en la antología de literatura fantástica de Bioy Casares, Borges y Ocampo. Dicen que la obra de Macedonio (llamar a un Fernández por el apellido es como no llamarlo) es originalísima. Y la verdad es que sin considerarme un “experto” ni mucho menos puedo corroborar esa aseveración, por lo menos en cuanto a sus cuentos se refiere.

Macedonio era un impensador. Cansado de la modernidad, la posmodernidad, los cientos de “ismos” y la confusión del arte y la vida contemporánea, buscó una vida casi asceta, como dice Borges “que rara vez condescendió a la acción y vivió entregado a los placeres del pensamiento”. Además, su pensamiento era anarquista

Su literatura es tan rebelde como original y graciosa, pero Macedonio se rebela contra las pequeñas-grandes “desatenciones” de la vida. Como muestra en “cuento de literatura no literaria”, su revolución es una revolución pacífica y casi mínima, donde el hombre simple –que para Macedonio es bueno- es el que desde su bondad y sencillez alienta el cambio. Más que rebelarse contra algo, más que creer en algo, busca una religión del No-creer donde la ortodoxia es un no-credo. Más que pensar, Impensar. Ya que el mundo moderno es tan hostil a cualquier forma de pensamiento o rebelión, salirse de él, revelarse de la manera más radical posible: sin revelarse. Fuera de todas las corrientes y todo el pensamiento, hacer el bien desde nuestro pequeño lugar. Cuestionar todo, incluso el cuestionamiento. Impensar. (“la erudición le parecía una cosa vana, una forma aparatosa de no pensar”. “Macedonio Fernández”. Borges)

Muchas veces M.F. no puede evitar parecer, digamos, algo anacrónico, como en sus protestas contra los médicos y la terapéutica. Tal vez pueda pecar de simplicidad y cierta fe ciega en su verdad (para Fernández el mejor sistema productivo es el capitalista), pero es tan irresistible como terco. (“La actividad mental de Macedonio era incesante y rápida, aunque su exposición fuera lenta; ni las refutaciones ni las confirmaciones ajenas le interesaban. Seguía imperturbablemente su idea” Ibid.).

Los cuentos de Macedonio son cuentos metafísicos, entendiendo por metafísicos por obras donde discute en prosa sus ideas acerca de esta rama de la filosofía (Fernández era un filósofo no académico, aunque seguramente él se hubiera llamado no-filósofo). En sus relatos la preocupación por la muerte, la maldad y las pequeñas muertes de cada día son constantes. Para Macedonio el hombre no es necesariamente malvado, pero la insensibilidad de la época puede provocar maldad en la simple apatía. Su literatura se horroriza ante el hecho de que alguien o algo bueno sea ultrajado, o simplemente denigrado. Como expone en Tantalia, la maldad ante algo Bueno puede provocar el suicidio del Cosmos. Su obra también tiene fuertes rasgos de humor, pero peca de ser –intencionadamente- demasiado disgresiva. Fernández escribía para pensar y pensaba escribiendo, la calidad estética de su obra le parecía secundaria (“Ensayo de un nuevo género literario: el cuento sin literatura, incongruente casi y sin elegancias y que por lo mismo deja irritantemente grabado el solo hecho esencial”).

Su obra no merece aparecer ligada exclusivamente al nombre de Borges, sino que, merecidamente, debe tener su lugar propio. Sus cuentos son brillantes y pequeños y su actitud de impensar como rebelión es encomiable.

Cuento de literatura no literaria*

En aquel bar, restaurante y confitería vastísimos, abundantes de lo más variado y caprichoso, servía desde veinte años a multitud de clientes renovándose, con una solicitud y presteza incansables, Tomás, una santidad de lo servicial y de cordialidad y simpatía a todo cliente y sus gustos y antojos, que le alegraban siempre y no le irritaban nunca por exigentes y laboriosos de satisfacer y combinar. El gusto de cada uno, de infinita variedad, todos tan legítimos y con los que somos poco tolerantes a menudo, era su Pasión.

¡Podrá creerse que hubo quien a sabiendas marchitó por un momento, hirió y desmayó esta actitud humana tan hermosa, esta real y constante caridad, esta magnífica postura de ser genuinamente hombre! Ser un humano cual Tomá es ser hoy un inmenso revolucionario, un invitante máximo a la recuperación humana, ya quizá desesperada en medio de tantos discursos, cataduras y aposturas de benevolencia y ciencia, cuando sólo se practica servir bombas, mentiras y despojos, en guerra y en paz igualmente.

Hacer, preparar niños que sean como Tomás es el único camino de recuperación, si todavía es posible; el único recurso casi artificioso que, entre tantos planes ostentosos, insinceros, afiebrados, más o menos ignorantes, puede conducir a esa obra sin la cual no habrá salvación, es forzar las cosas y situaciones a maneras y arreglos que a su vez fuercen a la cordialidad en la convivencia.

El cliente que viene entrando con amigos al Bar es tipo de la desmoralización de la época, no un malvado, pero sí tocado de algún vicio de maldad. Es viejo cliente como sus amigos, clientela afectuosa con Tomás. Pero quiérese creer que ha llegado para la psicología o muy sólida o clara de Agustín Llanos un momento de serle irritante la felicidad de cumplir pedidos en Tomás, y se ha propuesto turbarla, sin consultar a sus amigos, quienes han solido elogiar la constante amabilidad de Tomás.

-¿Y usted qué pide, don Agustín?

-Pues me traes una tajada bien tostada de hielo rodeada de garbanzos del puchero de ayer.

-Pero esto –balbuceó Tomás- no lo sabemos preparar aquí; yo voy a ver, a preguntar, pero no habrá quizá…

Tomás temblaba, palidecía; se apoyó en una silla; se sentó de golpe y cayó sin vida.

Sirviendo complacido a todos, gustoso de verlos llegar directamente a las mesas suyas, aunque cansado, asediado de atenciones al fin de la tare, su sonrisa de bueno, su semblante dirigido a Agustín, recibió la muerte, de éste.

¿Tiene perdón una torpeza tal, cuando nos asedian los simuladores del Servir en todas las profesiones y actividades, un porciento terrible de simuladores del hacer y del dar, del traer verdad, del intentar el bien?

¿No es policial el dolor y muerte de ese hombre tan bueno? Hay sucesos que por su intensidad sentida son policiales, mas les falta la exterioridad violenta.

Yo quisiera que su publicación en Crónica de Policía hiciera sentir más netamente lo que vale el dolor moral y lo que puede dañar y torturar la torpeza, el descuidar los sentimientos ajenos.

Como yo debo también consideración a los sentimientos de los otros, aliviaré los del lector declarándole que lo relatado no ocurrió. Pero afirmo que me dolería mucho menos que Tomás hubiera muerto de un tiro o un accidente; lo que me subleva es esa muerte por desquiciamiento interior, vacío instantáneo de la Ilusión de Servir que daba calor a su vida entera.

(1944)

Written by porlaverdad3

22/08/2010 a 14:05

Publicado en Arte

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