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Nothing else ever

Inocencia y violencia

Cierta frase del detritus-artículo de Abellan hizo que finalmente escribiera algo sobre lo que quería comentar desde hace tiempo. La frase en particular es

 

lo mismo te cuelgan un bebé empalado que una menor teniendo sexo con dos adultos”

 

De lo que quiero hablar es específicamente es de una tendencia que yo noto (leyendo casi todo lo que hay en internet y en libros sobre pedofilia) en los discursos (por lo general, antipedófilos): la idea de que, a mayor inocencia del niño, le corresponde mayor violencia del adulto. Así, según esta lógica, “los peores abusos” (en este sentido: los más violentos, las violaciones más duras, con tortura física y mental) se corresponden a la mayor “inocencia” del niño, mientras que los abusos “menos peores” (por ejemplo, un púber de 12 siendo manoseado contra su consentimiento por su maestro) a una menor “inocencia” del niño.

 

Así, siempre según esta creencia, un bebé de un año tiene más posibilidades de ser “empalado” por un pene (sangre, etc.) que de ser “simplemente” masturbado oralmente.

 

Recordemos las acusaciones de “rituales de abuso sexual satánico” (osea, más malo imposible) que se dieron en EEUU. No se dieron en escuelas secundarias ni siquiera en grados de primaria: se acusaron a guarderías, jardines de infantes, preescolares. Los “rituales de violencia satánica” estaban intrínsecamente y desde el comienzo ligados a la mayor de las “inocencias” (en el sentido de que la sociedad ve a los niños de esa edad como carentes de cualquier atisbo de sexualidad). No importa que luego esas acusaciones quedaron en el mayor de los desprestigios y no se pudo demostrar nada y parece que fue todo un delirio histérico. Lo importante es que en ese delirio histérico se asoció “abuso sexual satánico” (lo-peor-de-lo-peor) con niños muy pequeños.

 

 

A veces, la inocencia no está ligada a la edad, sino a la simple cualidad de la infancia. En el imaginario popular, en la idea, en el concepto de, digamos, una niña de 10 años (así con colitas y mochila rosa) teniendo sexo con un adulto, pasan varias cosas: primero, el adulto es repulsivo moral y físicamente. Segundo, la niña es engañada, chantajeada, obligada o violentada de forma física o psicológica. Tercero, el acto en sí mismo es violento. Posiblemente acabe en asesinato. En la percepción de la sociedad, estos tres males juntos (enormes) se unen para hacer contrapeso a la también enorme inocencia de la niña.

 

 

Los casos que la ley denomina de abuso sexual contra infantes o bebés son los que más odio y repulsión generan, por varios motivos. Uno de ellos es justamente esa percepción de una violencia (física) infinita inflingida contra el niño. Como si la “mera” utilización del otro como un objeto para la satisfacción personal, no fuera suficiente: hace falta más, un plus de horror, algo que llene, rebalse la idea de abuso: la idea de abuso violento. A la inocencia, le corresponde la violencia. Así está impreso en el imaginario popular.

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