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Nothing else ever

Dos cuentos de Kafka inéditos en internet

Transcribo dos cuentitos de Kafka que, hasta donde sé, no es posible encontrar en internet o leer sin buscar en los libros (yo los conseguí de un librito de bolsillo con todos los textos inacabados de Kafka. Muy recomendado, tiene varias joyitas que no aparecen en general dentro de cualquier antología de cuentos del checo. Eso sí: los cuentos más “conocidos” -el silencio de las sirenas, el cazador grachus, la construcción de la muralla china- están en su versión completamente pura e inacabada, sin los manejos, correciones y pulidos que Brod hizo para darles una forma más acabada. Por eso los considero inferiores -bastante- a la versión “oficial” -que es la editada y arreglada por Brod-)

 

 

El gran nadador


¡El gran nadador! ¡El gran nadador!, gritaba la gente. Yo venía de los Juegos Olímpicos de X, donde había batido un record mundial de natación. Desde la escalinata de la estación de ferrocarril de mi ciudad natal -¿dónde es?- contemplaba la multitud, a la que se veía borrosa debido al crepúsculo. Una muchacha, cuya mejilla acaricié fugazmente, me colgó con suma habilidad una faja en la que ponía en lengua extranjera: al campeón olímpico. Apareció un automóvil, unos señores me hicieron subir a empujones, dos de ellos incluso me acompañaron, el alcalde y otro. Poco después estábamos en una sala de actos, un coro cantaba desde la galería cuando entré, todos los invitados, varios cientos se levantaron y gritaron al unísono, una frase que no acabé de entender. A mi izquierda se sentaba un ministro, no sé por qué me aterrorizó la palabra en el momento de la presentación, le lancé miradas feroces, pero enseguida recuperé el aplomo; a la derecha se sentaba la esposa del alcalde, una señora exuberante; todo en ella, sobre todo a la altura de los pechos, me parecía lleno de rosas y plumas de avestruz. Frente a mí se sentaba un hombre gordo de cara asombrosamente pálida, no comprendí su nombre cuando nos presentaron. Apoyaba los codos sobre la mesa –le habían dejado un espacio particularmente amplio- y permaneció callado, mirando al vacío; estaba flanqueado por dos hermosas muchachas rubias, muy divertidas, siempre tenían algo que contar, y yo miraba ora a la una, ora a la otra. Por lo demás, no podía identificar a los invitados a pesar de la intensa iluminación, quizá porque todo estaba en movimiento, los criados correteaban de un sitio a otro, los platos eran servidos y las copas alzadas, o quizá porque todo estaba demasiado iluminado, precisamente.

 

 

Se produjo cierto desorden –el único, por lo demás- debido a que algunos invitados, señoras sobre todo, estaban sentados de espalda a la mesa, de modo que casi la tocaban, pues entre sus espaldas y la mesa no se interponían los respaldos de las sillas. Llamé la atención sobre este detalle a las muchachas sentadas delante de mí, pero ellas, tan locuaces hasta el momento, no dijeron nada en esta ocasión y se limitaron a sonreírme, lanzándome largas miradas. A la señal de una campana –los criados se quedaron paralizados entre las hileras de asientos-, el gordo situado frente a mí se levantó y pronunció un discurso. ¿Por qué estaba tan triste aquel hombre? Mientras hablaba, se palpaba el rostro con el pañuelo, algo desde luego lógico y comprensible teniendo en cuenta su gordura, el calor reinante en la sala y el esfuerzo inherente al discurso; pero observé con claridad que solo se trataba de una argucia destinada a ocultar el hecho de que se enjugaba las lágrimas de los ojos. Cuando acabó, me levanté, claro está, y también pronuncié un discurso. Me urgía hablar, realmente, pues a mi juicio algunos puntos debían aclararse de manera pública y abierta, aquí y probablemente en cualquier otro lugar. Por eso empecé de la siguiente manera:

 

 

¡Estimados invitados! Admito haber batido un récord mundial, pero si me preguntaran cómo lo conseguí, no podría ofrecerles una respuesta satisfactoria. De hecho, para serles sincero, no sé nadar. Siempre quise aprender, pero no se presentó la oportunidad. ¿Cómo pudo ser entonces que mi patria me enviara a los Juegos Olímpicos? Esa es precisamente la cuestión que me ocupa. En primer lugar debo constatar que esta no es mi patria y que a pesar de todos los esfuerzos no entiendo ni una palabra de cuanto aquí se dice. Lo más lógica sería pensar en una confusión, pero no es el caso, batí el récord, viajé a mi tierra, me llamo como ustedes me llaman, hasta este punto todo es cierto, pero a partir de aquí ya nada es cierto, ni estoy en mi tierra, ni los conozco a ustedes, ni los entiendo. Sin embargo, me gustaría añadir algo que no contradice exactamente, aunque sí de algún modo, la posibilidad de una confusión: no me molesta demasiado no entenderlos, y a ustedes tampoco parece molestarles demasiado no entenderme. Respecto al discurso del estimado caballero que me ha precedido, solo creo saber que era desesperantemente triste, pero saber esto no solo me basta, sino que hasta me resulta excesivo. Algo similar ocurre con todas las conversaciones que he mantenido desde mi llegada. Pero volvamos a mi récord mundial.

(1920)

 

 

A la entrada de mi casa hay apostados dos hombres…


A la entrada de mi casa hay apostados dos hombres, parecen vestidos de una manera del todo arbitraria, gran parte de la ropa que se han puesto consiste en andrajos sucios, desgarrados, deshilachados, pero otras prendas están en perfecto estado, uno lleva un cuello alto recién estrenado con una corbata de seda, el otro unos elegantes pantalones de esmoquin, de corte amplio, estrechados por abajo, con unas refinadas vueltas por encima de las botas. Están charlando y obstruyen el paso por la puerta. Se acerca un hombre, un cura de aldea, por lo visto, alto, robusto, de cuello fuerte, de edad mediana, balanceándose en posición muy erguida sobre sus rígidas piernas. Quiere entrar, acude por un asunto urgente. Pero los dos vigilan la entrada, uno saca del pantalón un reloj atado a una larga cadena de oro –parecen varias cadenas unidas entre sí-, aún no han dado las nueve y no dejan entrar a nadie antes de las diez. Al cura le resulta muy inoportuno, pero los dos hombres prosiguen su conversación. El cura los mira un rato; parece reconocer que es inútil insistir, se aleja unos pasos, pero en eso se le ocurre algo y vuelve. ¿Saben acaso los señores a quién desea ver? A su hermana Rebekka Zoufal, una anciana que reside en la segunda planta con su criada. Los vigilantes no lo sabían, por supuesto, de modo que ya no se oponen a la entrada del cura, incluso le hacen una especie de ceremoniosa reverencia cuando pasa entre ellos. Ya en el portal, el cura no puede reprimir una sonrisa por la facilidad con que los ha engañado. Mira atrás por un instante y comprueba, para su asombro, que los vigilantes se alejan del brazo. ¿Con que solo estaban allí por él? Hasta donde llega el conocimiento del cura, no es del todo imposible.

 

Se da la vuelta, la calle se ha animado un poco, ocurre a menudo que algún transeúnte echa un vistazo al interior del portal, al cura le parece casi una provocación que la puerta del edificio permanezca abierta de par en par; el hecho de estar así implica una tensión, como si la puerta tomara carrerilla para cerrarse con rabia de una vez para siempre. En eso oye a alguien que lo llama por su nombre, “¡Arnold!”, grita por la escalera una voz débil que se esfuerza en exceso, y acto seguido un dedo le toca la espalda. Una anciana encorvada está allí, totalmente envuelta en una tela basta de color verde oscuro, y lo mira, no con los ojos, sino literalmente con el único diente largo y delgado, aislado y solitario que conserva en la boca.

(1920)

Written by porlaverdad3

25/03/2011 a 18:23

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