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Nothing else ever

Un argumento pragmático para que se deje de considerar a la atracción paidófila como una perversión

Si uno quiere argumentar que la atracción pedófilia (es decir, la atracción por niños) no es una perversión a mí se me ocurren en principio dos tipos de argumentos: uno que va al centro de la cuestión y uno pragmático.

El primero es así: una atracción no pasa a ser perversa solamente porque se dirige hacia determinadas personas, una atracción es perversa en sí misma o no lo es. Su status de “perversa” no depende de hacia quién se dirige, sino que está en sí. Si esa atracción es un deseo por destruir, dañar o lastimar entonces podríamos decir que es perversa. Y si no lo es, no. Independientemente de hacia quién se dirige, sea una persona de 25, 18, 12 o 5 años. Si uno está enamorado de una niña de 8 y uno está enamorado de una mujer de 25, ¿por qué habría de considerarse al primer amor como perverso si es exactamente igual al segundo? ¿Solamente porque cambia la edad de la persona hacia quien ese amor va dirigido? La edad de la persona hacia la cual se dirige la atracción no basta para convertir a dicha atracción en perversa, porque este dato está, por así decirlo, por “afuera” de la atracción en sí, no hace a los sentimientos y emociones.

Pero me quería concentrar en el segundo tipo de argumento, el pragmático.

El problema con calificar a la pedofilia como una perversión radica en que se desfigura, simplifica y trivializa del todo. Constantemente leemos en los diarios y vemos en la tele que se refieren a esta atracción como “incontrolable”, “incontenible”, “una sed insaciable”, etc. Esto proviene del hecho de considerar a la paidofilia como una ‘perversión’, es decir, como un instinto perverso, y por lo tanto inaccesible a la razón o al control humano. Si es una perversión, es incontrolable, desbocada, intensa.

La pedofilia no es más intensa ni más incontrolable que la heterosexualidad o la homosexualidad. La diferencia fundamental es que estas dos sexualidades son completamente aceptadas y las que las tienen pueden expresarlas y expresarse en completa libertad, mientras que un pedófilo no. Pero eso no hace a la pedofilia más incontrolable: solamente la hace más estigmatizada.

Otro problema: si es una perversión entonces sentimientos como el amor, el cariño, la dulzura, el cuidado por el otro no entran en juego. Es simplemente un instinto animal, sexual. De ahí la creencia de que la atracción por los niños es, siempre y en todos los casos, algo exclusivamente ‘sexual’. Puro deseo lujurioso.

La atracción sexual por los niños, como cualquier otra atracción, es algo complejísimo que envuelve una plétora de actitudes y vivencias. Cada persona tiene una “pedofilia” diferente. Hay personas que sí sienten solamente deseo sexual, pero hay otras personas para las cuales el “sexo” equivale a besarse y acariciarse, hay otras personas que tan solo tienen un amor platónico con los niños, hay otras que se enamoraron de una única niña para siempre… cada persona es diferente y lo que le pasa por adentro es único e irrepetible. No hay dos pedofilias iguales. No hay dos sentimientos pedófilos iguales y en esta atracción se puede recorrer toda la gama y combinaciones posibles de sentimientos y deseos. Hablar sencillamente de ‘perversión’ anula las diferencias y simplifica la experiencia humana.

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