All of old. Nothing else ever. Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better.

Nothing else ever

Sonia (o el final) – Osvaldo Lamborghini

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En cierta ocasión, a causa de un toletole del cual mejor no quisiera acordarme, unos amigos genoveses me dieron cobijo en una quinta cercana a las afueras de Venado Tuerto, provincia de Santa Fe. Pues bien, ahora pacía allí, en paz, tranquilo, en vez de estar en el umbral de la mercería entre mate y mate –sentado en una silla de paja, y empezando como siempre. Alguien “pararía” el sumario me dijeron. Pues bien: ¡que lo paren! La niña de la casa era una jovencita entre púber y adolescente, no comprendo. Mi llegada coincidió con su temporada de vacaciones: ella estudiaba en un terrible colegio de monjas, o jamonas, que también daba vacaciones, todos los años, a todas sus alumnas. Pues bien. Ella se paseaba por la orilla del estanque. Yo la miraba desde mi habitación, desde la ventana de la habitación. Ella se paseaba por la orilla del estanque. Por costumbre de años (y las malas compañías, los artis del ambiente) en mis caminatas yo cantaba tangos, a plena voz aunque no hubiera nadie cerca de quien molestar con mis desafinados gargajeos. Sin embargo, una vez que estaba en “ésa”, una mañana, resultó que la jovencita… la sorprendí escuchándome. ¿Ah? ¿Sí? Por un momento creí que iba a lograr controlarme. Me quité el hongo grasiento y la saludé, con una reverencia casí. Ya me había controlado. Había dejado de transpirar, incluso, por los poros de la nuca y el bulbo de la nariz. Pero ella va y me pregunta, de sopetón:

– ¿Qué son los morlacos?

– Pues bien – ya no podía contenerme más – la letra de la canción, del tango-canción que yo cantaba (y que tú no debiste, en fin, escuchar…) se refiere a una ramera…

– ¿A una yiranita?

– Sí, a una hedionda. Esta mujer parece que era tan mala que no se conformaba con sacarle los dineros a los hombres, es decir, a los otarios. Tambien parece que los tomaba para el churrete, no conforme. Como en aquella época, año 1929, los hombres usaban tiradores elásticos además de cinturón para sostenerse los pantalones…

 

Último intento de callar.

Último fracaso en el intento de callar, verdaderamente ante-último.

 

Sonia:

– Siga, siga, se lo ruego.

– Sí, niña, si ya no puedo parar. Digo que, pongamos por caso, el otario ya había soltado el precio del arreglo, y ya estaba casi casi vestido para irse mientra ella todavía yacía afrancesada sobre las sábanas endurecidas y agrias por el semen seco, mientras afuera esperaba una larga fila (todavía) de hombres, deseando entrar para hacer sus aguas. Pues bien. Pongamos por caso al hombre erguido de espaldas a ella, con los tiradores ya perfectamente enganchados. Entonces la hetaira, no conforme, le apostaba los pies desnudos sobre las corvas, se prendía de los tiradores, los tensaba y luego, varias veces, los hacía restallar sobre las espaldas del hombre, mientras se reía con risa infernal. Y gozaba. Gozaba así, con los ojos entrecerrados y el cuerpo recorrido, todo el cuerpo, por un cálido temblor, oh.

Me senté exhausto sobre el tronco de un árbol: era un pino de Necochea. La jovencita, Sonia (se llamaba Sonia) se arrodilló entre mis piernas. Y empezó:

– Morlacos, entonces, son los…

– Son, Sonia: dilo, dilo nomás.

– ¿Tiradores elásticos?

– Sí, bendita seas.

Le arranqué a tirones la blusa, el corpiño, las bragas canela… Alguna vez, hasta yo he sido feliz.

Written by porlaverdad3

11/02/2013 a 22:29

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