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Fragmentos de Kafka

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Lejos, lejos va la historia de la humanidad delante de sí, la historia de la humanidad de tu alma

 

 

Nunca, nunca volverás nuevamente a las ciudades, nunca más sonará la campana grande sobre ti

 

 

Las variaciones, que giran de modo diverso en las variaciones de ese instante en el cual vivimos. Y, sin embargo, el instante no ha finalizado aún, ¡míralo!

 

 

¡Lejos de aquí, nada más que lejos de aquí! No necesitas decirme dónde me llevas. Dónde está tu mano, por desgracia no puedo encontrarla en la oscuridad. Ojalá tuviese ya tomada tu mano, entonces creería que no habrías de abandonarme. ¿Me oyes? ¿Estás en la habitación? Quizá hasta no estés aquí. Qué podría haberte atraído, también, al hielo y la niebla del Norte, donde ni pueden concebirse hombres. No estás aquí. Has huído de estos lugares. Pero yo estoy, tratando de decidir si estás o no aquí.

 

Una vez más, una vez más, desterrado lejos, desterrado lejos. Debo peregrinar por montañas, desiertos, tierras extensas.

 

Era el primer golpe de azada, era el primer golpe de azada, la tierra yacía en terrones, dividida ante mí. Sonaba una campana, temblaba una puerta…

 

La amo y no puedo hablar con ella; la acecho para no encontrarme con ella…

 

 

(Todo de Kafka)

Written by porlaverdad3

08/01/2012 at 14:26

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Dos cuentos de Kafka inéditos en internet

Transcribo dos cuentitos de Kafka que, hasta donde sé, no es posible encontrar en internet o leer sin buscar en los libros (yo los conseguí de un librito de bolsillo con todos los textos inacabados de Kafka. Muy recomendado, tiene varias joyitas que no aparecen en general dentro de cualquier antología de cuentos del checo. Eso sí: los cuentos más “conocidos” -el silencio de las sirenas, el cazador grachus, la construcción de la muralla china- están en su versión completamente pura e inacabada, sin los manejos, correciones y pulidos que Brod hizo para darles una forma más acabada. Por eso los considero inferiores -bastante- a la versión “oficial” -que es la editada y arreglada por Brod-)

 

 

El gran nadador


¡El gran nadador! ¡El gran nadador!, gritaba la gente. Yo venía de los Juegos Olímpicos de X, donde había batido un record mundial de natación. Desde la escalinata de la estación de ferrocarril de mi ciudad natal -¿dónde es?- contemplaba la multitud, a la que se veía borrosa debido al crepúsculo. Una muchacha, cuya mejilla acaricié fugazmente, me colgó con suma habilidad una faja en la que ponía en lengua extranjera: al campeón olímpico. Apareció un automóvil, unos señores me hicieron subir a empujones, dos de ellos incluso me acompañaron, el alcalde y otro. Poco después estábamos en una sala de actos, un coro cantaba desde la galería cuando entré, todos los invitados, varios cientos se levantaron y gritaron al unísono, una frase que no acabé de entender. A mi izquierda se sentaba un ministro, no sé por qué me aterrorizó la palabra en el momento de la presentación, le lancé miradas feroces, pero enseguida recuperé el aplomo; a la derecha se sentaba la esposa del alcalde, una señora exuberante; todo en ella, sobre todo a la altura de los pechos, me parecía lleno de rosas y plumas de avestruz. Frente a mí se sentaba un hombre gordo de cara asombrosamente pálida, no comprendí su nombre cuando nos presentaron. Apoyaba los codos sobre la mesa –le habían dejado un espacio particularmente amplio- y permaneció callado, mirando al vacío; estaba flanqueado por dos hermosas muchachas rubias, muy divertidas, siempre tenían algo que contar, y yo miraba ora a la una, ora a la otra. Por lo demás, no podía identificar a los invitados a pesar de la intensa iluminación, quizá porque todo estaba en movimiento, los criados correteaban de un sitio a otro, los platos eran servidos y las copas alzadas, o quizá porque todo estaba demasiado iluminado, precisamente.

 

 

Se produjo cierto desorden –el único, por lo demás- debido a que algunos invitados, señoras sobre todo, estaban sentados de espalda a la mesa, de modo que casi la tocaban, pues entre sus espaldas y la mesa no se interponían los respaldos de las sillas. Llamé la atención sobre este detalle a las muchachas sentadas delante de mí, pero ellas, tan locuaces hasta el momento, no dijeron nada en esta ocasión y se limitaron a sonreírme, lanzándome largas miradas. A la señal de una campana –los criados se quedaron paralizados entre las hileras de asientos-, el gordo situado frente a mí se levantó y pronunció un discurso. ¿Por qué estaba tan triste aquel hombre? Mientras hablaba, se palpaba el rostro con el pañuelo, algo desde luego lógico y comprensible teniendo en cuenta su gordura, el calor reinante en la sala y el esfuerzo inherente al discurso; pero observé con claridad que solo se trataba de una argucia destinada a ocultar el hecho de que se enjugaba las lágrimas de los ojos. Cuando acabó, me levanté, claro está, y también pronuncié un discurso. Me urgía hablar, realmente, pues a mi juicio algunos puntos debían aclararse de manera pública y abierta, aquí y probablemente en cualquier otro lugar. Por eso empecé de la siguiente manera:

 

 

¡Estimados invitados! Admito haber batido un récord mundial, pero si me preguntaran cómo lo conseguí, no podría ofrecerles una respuesta satisfactoria. De hecho, para serles sincero, no sé nadar. Siempre quise aprender, pero no se presentó la oportunidad. ¿Cómo pudo ser entonces que mi patria me enviara a los Juegos Olímpicos? Esa es precisamente la cuestión que me ocupa. En primer lugar debo constatar que esta no es mi patria y que a pesar de todos los esfuerzos no entiendo ni una palabra de cuanto aquí se dice. Lo más lógica sería pensar en una confusión, pero no es el caso, batí el récord, viajé a mi tierra, me llamo como ustedes me llaman, hasta este punto todo es cierto, pero a partir de aquí ya nada es cierto, ni estoy en mi tierra, ni los conozco a ustedes, ni los entiendo. Sin embargo, me gustaría añadir algo que no contradice exactamente, aunque sí de algún modo, la posibilidad de una confusión: no me molesta demasiado no entenderlos, y a ustedes tampoco parece molestarles demasiado no entenderme. Respecto al discurso del estimado caballero que me ha precedido, solo creo saber que era desesperantemente triste, pero saber esto no solo me basta, sino que hasta me resulta excesivo. Algo similar ocurre con todas las conversaciones que he mantenido desde mi llegada. Pero volvamos a mi récord mundial.

(1920)

 

 

A la entrada de mi casa hay apostados dos hombres…


A la entrada de mi casa hay apostados dos hombres, parecen vestidos de una manera del todo arbitraria, gran parte de la ropa que se han puesto consiste en andrajos sucios, desgarrados, deshilachados, pero otras prendas están en perfecto estado, uno lleva un cuello alto recién estrenado con una corbata de seda, el otro unos elegantes pantalones de esmoquin, de corte amplio, estrechados por abajo, con unas refinadas vueltas por encima de las botas. Están charlando y obstruyen el paso por la puerta. Se acerca un hombre, un cura de aldea, por lo visto, alto, robusto, de cuello fuerte, de edad mediana, balanceándose en posición muy erguida sobre sus rígidas piernas. Quiere entrar, acude por un asunto urgente. Pero los dos vigilan la entrada, uno saca del pantalón un reloj atado a una larga cadena de oro –parecen varias cadenas unidas entre sí-, aún no han dado las nueve y no dejan entrar a nadie antes de las diez. Al cura le resulta muy inoportuno, pero los dos hombres prosiguen su conversación. El cura los mira un rato; parece reconocer que es inútil insistir, se aleja unos pasos, pero en eso se le ocurre algo y vuelve. ¿Saben acaso los señores a quién desea ver? A su hermana Rebekka Zoufal, una anciana que reside en la segunda planta con su criada. Los vigilantes no lo sabían, por supuesto, de modo que ya no se oponen a la entrada del cura, incluso le hacen una especie de ceremoniosa reverencia cuando pasa entre ellos. Ya en el portal, el cura no puede reprimir una sonrisa por la facilidad con que los ha engañado. Mira atrás por un instante y comprueba, para su asombro, que los vigilantes se alejan del brazo. ¿Con que solo estaban allí por él? Hasta donde llega el conocimiento del cura, no es del todo imposible.

 

Se da la vuelta, la calle se ha animado un poco, ocurre a menudo que algún transeúnte echa un vistazo al interior del portal, al cura le parece casi una provocación que la puerta del edificio permanezca abierta de par en par; el hecho de estar así implica una tensión, como si la puerta tomara carrerilla para cerrarse con rabia de una vez para siempre. En eso oye a alguien que lo llama por su nombre, “¡Arnold!”, grita por la escalera una voz débil que se esfuerza en exceso, y acto seguido un dedo le toca la espalda. Una anciana encorvada está allí, totalmente envuelta en una tela basta de color verde oscuro, y lo mira, no con los ojos, sino literalmente con el único diente largo y delgado, aislado y solitario que conserva en la boca.

(1920)

Written by porlaverdad3

25/03/2011 at 18:23

Kafka anarquista

La vergüenza final de Josef K supone la ruptura con un determinado orden social, “hecho de hombres y por hombres”. Y de ese carácter rupturista extrae Hannah Arendt un mensaje de esperanza. La víctima no opone resistencia a la decisión del tribunal: acata la sentencia y obedece las órdenes de sus verdugos, se comporta, en definitiva, “como un miembro obediente del sistema”, porque ha caído en un “estado de ofuscación » que le hace dudar de su inocencia y confundir el mal que lo rodea con la culpa común a todos los seres humanos. Pero no todo está perdido: la vergüenza final es una resistencia porque convierte en vergonzantes el «orden que rige el mundo» y la obediente participación de la víctima en él. En ese último gesto radica la esperanza:

 

 

Sólo hay una pincelada de esperanza, que aparece como un relámpago en el extremo final de la narración: «fue como si la vergüenza debiera sobrevivirlo». La vergüenza que le produce el orden que rige el mundo, y la vergüenza de ser, él mismo, Josef K., un miembro obediente del sistema, a pesar de ser su víctima.

 

[…]

 

Hay una pequeña gran victoria en la vergüenza final, en la medida en que con ella el individuo reniega del orden que lo desprecia, contrariando la voluntad de éste de vencer física y mentalmente a sus miembros por la via de la culpabilización. La culpa, que acompaña al protagonista durante la historia, abre paso, al final, a la vergüenza. Con ella, el orden corrupto e injusto queda al desnudo, mientras el individuo evoca en el instante de la vergüenza aquello que la culpa había tapado: la dignidad del hombre.

 

http://www.ucm.es/info/especulo/numero41/josephk.html

Written by porlaverdad3

11/03/2011 at 14:01

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Intensidad.

Algunos momentos de El proceso:

 

 

El momento en el que Josef K abre una puerta y descubre que incluso allí, en la oscuridad, el polvo y el aire rancio, oculto y acechante, insospechado, en la buhardilla del pintor Titorelli el Tribunal extiende sus oficinas. “Todo pertenece al Tribunal”.

 

 

Cuando K. se escapa a magrearse con Leni, abandonando a su tío, el abogado y el instructor general, abandonando sus posibilidades de salvación; cómo el instructor general espera un momento ante la puerta, con la esperanza –inútil, y lo sabe; por cortesía o cinismo- de que K. aparezca finalmente, agitado después de haberse precipitado a través del pasillo corriendo, pidiendo perdón por haberse ido, y así poder salvarlo. Pero como el otro K. de El castillo cuando se queda dormido frente a Bürgel, los protagonistas de Kafka nunca están donde se supone que deben estar en el momento en que su salvación pudiera haber estado al alcance de la mano. Se les ofrece la expiación y no pueden tomarla (de hecho nunca saben que tuvieron esa posibilidad, y si lo saben, es cuando ya es demasiado tarde –como en Frente a la ley-).

 

 

Cuando Josef K. descubre que el azotador y los vigilantes están exactamente en la misma posición (como si estuvieran condenados a repetir la tortura una y otra vez y de la misma forma o como si el tiempo no hubiera transcurrido nunca o como si fuera una farsa a representar en el momento mismo en que K. entra) cuando abre la puerta del pequeño cuarto trastero al día siguiente de haberlos encontrado haciendo exactamente lo mismo que ahora repiten.

 

 

El sacerdote le dice, en el medio de las tinieblas y el frío de la catedral, a K.: Deja todo lo accesorio. Él arroja un pequeño folleto de arte con tantas fuerza que se despedaza.

Written by porlaverdad3

09/03/2011 at 13:51

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Definición de desesperanza

Pero todo permaneció sin cambio alguno

 

(de “La construcción”, uno de los últimos, y mejores, cuentos de Kafka)

Written by porlaverdad3

18/02/2011 at 14:32

Publicado en Reflexiones

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Definición de tristeza

Aquella noche en que el ratoncillo más querido que ningún otro en el mundo de los ratones cayó en la ratonera y, con un chillido agudo, entregó su vida por haber puesto la vista en un pedazo de tocino, todos los ratones de las madrigueras cercanas fueron presa de temblores y sacudidas y se miraron sucesivamente los unos a los otros parpadeando sin poder contenerse, mientras sus colas barrían el suelo con una aplicación digna de mejor causa. Luego empezaron a asomar vacilantes, empujándose los unos a los otros; todos se sentían atraídos hacia el lugar de la muerte. Allí estaba el tierno ratoncillo, con el hierro en la nuca, las patitas rosas encogidas, tieso el endeble cuerpo, al que tan bien habría sentado un poco de tocino. Los padres estaban al lado, contemplando los restos de su criatura.

Franz Kafka

(1917)

Written by porlaverdad3

15/02/2011 at 14:24

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Las jerarquías y lo “sobreentendido” en Kafka

Las Jerarquías:

Borge notó que en Kafka las jerarquías son infinitas. Cabe agregar, no sólo que todos pertenecen a una, sino que usualmente el protagonista de sus cuentos o novelas está en la base.

Las jerarquías son infinitas. Pero no sólo no tienen fin, sino que están cuidadosamente delimitadas. Así, el supervisor en El Proceso tiene autoridad por sobre los dos vigilantes, pero está supeditado al juez instructor, del mismo modo que el juez instructor es tan sólo un juez inferior, por debajo de los jueces superiores, que ya son inalcanzables… En su novela El Castillo los empleados de éste de se dividen en amplias categorías, dependiendo de si duermen o no duermen en aquel, del señor al que sirven, de si tan sólo son amanuenses o secretarios personales, secretarios para la aldea, sirvientes de los secretarios subordinados, sirvientes del secretario principal, carteros personales, ayudantes del secretario en la aldea, subalcaldes… Las jerarquías son infinitas y con múltiples ramificaciones, cada una con poder sobre unas y subordinadas a otras, en una especie de red de araña donde cada vértice depende de unos y controla a otros.

Recordemos que una de las parábolas más famosas de Kafka, “Ante la Ley”, habla, entre otras cosas, de esa subordinación infinita. El héroe de esta pequeña historia debe pasar ante una puerta vigilada por un guardia. El guardia le advierte que debe esperar y que si intentara pasar por la fuerza, aunque lo lograra, igualmente le serviría de poco ya que más adelante hay otras puertas y otros guardias, cada uno más poderoso que el anterior. El primero (que le parece imponente al héroe) dice él no puede tolerar tan solo la vista del tercero…

En este infierno infinito y, paradójicamente, ascendente (aunque la salida, nunca, jamás, sea alcanzable) viven los héroes de Kafka. Pero la subordinación no sólo es infinita, sino que es absoluta. Recordemos a Block, el comerciante de El Proceso, que tiene que ponerse en cuatro como un perro para que su abogado (¡su propio abogado!) se digne a ayudarlo. Pero los superiores (los superiores de verdad) son, sin excepción, inalcanzables, siempre inalcanzables. Klamm (que es un funcionario del castillo, sí, pero tan sólo uno de tantos) es totalmente inalcanzable para K. No sólo nunca podrá hablar con él, sino que nunca podrá siquiera verlo. Está en un plano totalmente diferente al del pobre de K. Los Jueces Superiores, en el Proceso, son figuras míticas, al igual que Los Grandes Abogados (notemos los nombres casi mitológicos que el escritor le da a estas figuras). En La Construcción de la Muralla China, la Dirección parece un conclave secreto de dioses, absolutamente por encima de los mortales, que no pueden ni soñar con conocer tan sólo los pensamientos de sus integrantes.

¿Qué significa todo esto? ¿De qué habla Kafka cuando habla de jerarquías infinitas, de grupos inocentes subordinados a minorías, de verticalidad absoluta e inquebrantable? Habla de FASCISMO. Por supuesto, en la época de Kafka, no había fascismo como lo conocemos hoy, por eso resulta aún más escalofriante ver la terrible predicción de su literatura. Kafka se adelante al fascismo, no sólo en su verticalidad tiránica (allá arriba el reich, el comandante o cualquier otro nombre que se le ponga al tirano, abajo los generales y altos mandos militares, más abajo la plebe, por debajo de todo los judíos o cualquiera que sea distinto…), sino también su brutal violencia (de ello hablaremos más adelante). El fascismo es una “ideología” (el nombre le queda grande, más bien diría que es una enfermedad) basada en la superioridad de unos por sobre otros. No somos todos iguales: ciertas personas son mejores, están por encima de las demás. Esas personas tienen derecho a controlarnos, a estar “por arriba”. Sus mandatos, son inapelables. Sus objetivos, secretos. El fascismo es jerarquía de unos por sobre otros, y eso Kafka lo profetiza con horrorosa lucidez.

Kafka profetizó esta enfermedad al mostrar una sociedad de subordinados, pero además a una sociedad violenta. La violencia en su literatura está muy presente, y no sé si se menciona tanto como se debería este hecho. De eso hablaremos a continuación, pero antes una sola nota más:

En Kafka, sobre todo en El Castillo, aparece mucho la idea de “lo sobreentendido”. “Lo sobreentendido” como algo tan obvio que uno no imaginaría explicárselo siquiera a un niño, tan obvio es. A K. muchas veces lo tratan, justamente, como un niño o peor, porque ignora cosas “que se sobreentienden”. Esta idea de cosas, temas que no admiten una explicación clara y racional, de los cuales la gente no discute porque se aceptan como impuestos desde siempre y por siempre, es una muestra más del fascismo del siglo XX. Una de las mejores armas de éste es la ignorancia, se sabe. Pero la mejor manera de esconder la ignorancia es hablando de ciertas cosas como si fueran axiomas, tan obvias y claras que no necesitan una demostración. Así, se oculta la irracionalidad subyacente. Nada se cuestiona, todo se acepta como “sobreentendido”. En El Castillo, los habitantes de la aldea están inmersos en este juego de “verdades” evidentes que no se cuestionan. Nadie piensa, todo el mundo actúa, siguiendo leyes impuestas por superiores que no pueden ni en sus peores pesadillas cuestionar. Las leyes serán corruptas, idiotas e ineficaces, pero que están ahí y que, en última instancia, hay que aceptarlas, eso, eso “se sobreentiende”.

Written by porlaverdad3

17/09/2010 at 17:47

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Un artista del Hambre

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“-Había deseado toda la vida que admirarais mi resistencia al hambre –dijo el ayunador.

-Y la admiramos –repúsole el inspector.

-Pero no debíais admirarla -dijo el ayunador.

-Bueno, pues entonces, no la admiraremos –repuso el inspector-; pero, ¿por qué no debemos admirarte?

-Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo –dijo el ayunador.

-Eso ya se ve –dijo el inspector-, pero ¿por qué no puede evitarlo?

-Porque –dijo el artista del hambre levantando un poco la cabeza y hablando en la misma oreja del inspector para que no se perdieran sus palabras, con labios alargados como si fuera a dar un beso-, porque no pude encontrar nunca comida alguna que me gustara. Si la hubiera encontrado, puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos.”

Written by porlaverdad3

01/02/2010 at 18:10

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Diez cuentos favoritos

Tenía ganas de hacer listas, así que hagamos una media tontuela: mis diez cuentos favoritos (uno por autor y estos en orden alfabético.

“El misterio” – Andréiev, Leonid

“Enoch Soames” – Beerbohm, Max

“La biblioteca de Babel” – Borges, Jorge Luis

“La tercera expedición” – Bradbury, Ray

“Otra vuelta de tuerca” – James, Henry

“Los venenos” – Cortázar, Julio

“La fe de nuestros padres” – Dick, Philip K.

“Tantalia” – Fernández, Macedonio

“La construcción” – Kafka, Franz

“ ‘El cuento más hermoso del mundo’ ” – Kipling, Rudyard

Qué decir… no mucho. Tal vez, de Kafka, hay decenas de cuentos de él que me encantan y que, tal vez, sean más populares (“Ante la ley”, “La construcción de la muralla china”, “Un artista del hambre”), pero elijo La construcción porque me parece que tiene esa sensación de paranoia, de claustrofobia que me parece tan suya y que no encuentro en ningún otro lado… Aparte, al igual que “El castillo”, es un cuento de lo que podríamos llamar “literatura ambiental” o “atmosférica” (en el sentido de que el énfasis está en crear una atmósfera, un ambiente, antes que en la narración, y el cual, a diferencia del terror gótico –que también se especializa en eso- no se apoya en un engorroso lenguaje barroco –el vocabulario de Kafka siempre es sencillo y conciso-, sino en la tortura y la paranoia psicológica), y que a mí particularmente me encanta.

De Borges, también, podría elegir “Funes el memorioso”, o “Tlon, Uqbar, Tertius” o “El sur”, pero “La biblioteca…” tiene ese noséqué de estupor metafísico, de inquietud, de terror ante el infinito y la soledad.

El título de “El cuento más hermoso del mundo” está lejos de ser una hipérbole pretenciosa. Verdaderamente podría estar, cuando un hipotético tribunal futuro juzgue la mera literatura de estas épocas, en la selección de lo más hermoso. Todo en ello es perfecto: la descripción del protagonista, la inquietud de índole fantástica, la aparición del amor.

“Los venenos” de Cortázar tal vez sorprenda a alguno, que esperaba “Casa tomada”. Yo, como pedófilo y como nostálgico sin remedio de la infancia, me quedo con “Los venenos”, un cuento, un relato, que supera, a mis ojos, cualquier belleza: su descripción de la infancia en formato “súper 8”, cargada de melancolía, mirando a través del prisma de la nostalgia al primer amor, ante esa belleza suprema de una niña que “estaba con su vestido de lunares anaranjados, que era el que más me gustaba”, verdaderamente me llenan, me sigue llenando de lágrimas los ojos. Este cuento es la última oda a la niñez, “Music has the right to children” de Boards of Canada hecho literatura, “Cuentos asombrosos” hecho cuento de verdad. Es un relato tan chiquito y perfecto y hermoso y nostálgico y maravilloso y colorido y amoroso que difícilmente tenga parangón. Me parece, para mí gusto absolutamente melancólico hacia la infancia, infinitamente mejor a “Casa tomada”.

Muchos dirán “pero che, ¡’Otra vuelta de tuerca’ no es un cuento!” Pues allá ellos. “Otra vuelta de tuerca” es un cuento largo, pero cuento al fin. ¿Qué me gusta de él? Además de inscribirse en la misma línea de ciertos relatos kafkianos de “literatura ambiental”, una de las cosas que más me gustan de él, y ciertamente no la menor, es Flora. Flora es, en palabras de James, “beatífica visión de belleza angelical”. Flora es la niñita más hermosa de toda la literatura (CAGATE LOLITA). Aparte, ese nombre, Flora, qué nombre PRECIOSO, un nombre tan hermoso y bello como su hermosísima portadora. Así que “Otra vuelta de tuerca” aparte de ser el mejor relato de fantasmas jamás hecho sirve como bonita excusa para estar cerca de una de las más hermosas niñitas de toda la literatura.

Kafka

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POSEIDÓN

Poseidón se sentó ante su mesa de trabajo y revisó las cuentas. La administración
de todos los océanos lo tenía muy atareado. Podía emplear
los asistentes que quisiera, y por cierto tenía muchos, pero responsable,
como era, insistía en revisar personalmente cuenta por cuenta, así
que sus asistentes de poco le servían. No diría que le deleitaba este
trabajo, lo hacía simplemente porque se le había asignado. Es cierto
que ya con frecuencia había pedido una tarea más animada, pero entre
los varios trabajos que le fueron sugeridos, se observó que su disposición
natural era para su presente empleo. Ni decirlo, sería demasiado
difícil conseguirle otra ocupación. Tampoco pensar en ponerlo a administrar
determinado mar. Dejando a un lado que la tarea no sería más
fácil, sólo inferior, el gran Poseidón, por el contrario, debía obtener un
puesto más importante. Cuando se le ofreció un cargo sin afinidad a las
aguas, la sola idea lo enfermó, su aliento divino decayó y su broncíneo
torso comenzó a jadear. Lo cierto era que nadie tomaba muy en serio
las quejas de Poseidón, pero cuando alguien de su poderosa talla se
lamenta, por lo menos se debe simular que se lo escucha, aunque sea
una situación sin perspectivas. Realmente, nadie pensaba en separar a
Poseidón de su cargo ; desde los orígenes estaba destinado a ser el
dios de los mares y eso no podía ser modificado.
Lo que más le irritaba –y esto era lo que lo indisponía con su trabajo–,
eran los rumores que circulaban sobre él. Por ejemplo, que constantemente
cabalgaba sobre las olas con su tridente, como un cochero,
cuando la verdad era que se encontraba sentado en las profundidades
de los océanos sin terminar nunca con sus cuentas. La única interrupción
a esa monotonía era, de vez en cuando, un viaje hasta Júpiter, del
cual siempre regresaba exasperado. De ahí que casi no conocía los
océanos, sólo los había visto en sus furtivas ascensiones al Olimpo. Y
no se podía afirmar que realmente los hubiera navegado. Acostumbraba
decir que lo haría cuando el mundo tocara a su fin, sólo para entonces
tendría un momento de descanso. Justo antes del fin del mundo y sólo
después de haber revisado la última cuenta le daría tiempo para una
rápida gira.

ANTE LA LEY
(1914)
Ante la Ley hay un guardián. Hasta ese guardián llega un campesino y
le ruega que le permita entrar a la Ley. Pero el guardián responde que
en ese momento no le puede franquear el acceso. El hombre reflexiona
y luego pregunta si es que podrá entrar más tarde.
–Es posible –dice el guardián–, pero ahora, no.
Las puertas de la Ley están abiertas, como siempre, y el guardián se ha
hecho a un lado, de modo que el hombre se inclina para atisbar el
interior. Cuando el guardián lo advierte, ríe y dice:
–Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero
recuerda esto: yo soy poderoso. Y yo soy sólo el último de los
guardianes. De sala en sala irás encontrando guardianes cada vez más
poderosos. Ni siquiera yo puedo soportar la sola vista del tercero.
El campesino no había previsto semejantes dificultades. Después de
todo, la Ley debería ser accesible a todos y en todo momento, piensa.
Pero cuando mira con más detenimiento al guardián, con su largo
abrigo de pieles, su gran nariz puntiaguda, la larga y negra barba de
tártaro, se decide a esperar hasta que él le conceda el permiso para
entrar. El guardián le da un banquillo y le permite sentarse al lado de la
puerta. Allí permanece el hombre días y años. Muchas veces intenta
entrar e importuna al guardián con sus ruegos. El guardián le formula,
con frecuencia, pequeños interrogatorios. Le pregunta acerca de su
terruño y de muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes,
como las de los grandes señores, y al final le repite siempre que aún no
lo puede dejar entrar. El hombre, que estaba bien provisto para el
viaje, invierte todo –hasta lo más valioso– en sobornar al guardián.
Este acepta todo, pero siempre repite lo mismo:
–Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.
Durante todos esos años, el hombre observa ininterrumpidamente al
guardián. Olvida a todos los demás guardianes y aquél le parece ser el
único obstáculo que se opone a su acceso a la Ley. Durante los
primeros años maldice su suerte en voz alta, sin reparar en nada;
cuando envejece, ya sólo murmura como para sí. Se vuelve pueril, y
como en esos años que ha consagrado al estudio del guardián ha
llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, también
suplica a las pulgas que lo ayuden a persuadir al guardián. Finalmente
su vista se debilita y ya no sabe si en la realidad está oscureciendo a su
alrededor o si lo engañan los ojos. Pero en aquellas penumbras
descubre un resplandor inextinguible que emerge de las puertas de la
Ley. Ya no le resta mucha vida. Antes de morir resume todas las
experiencias de aquellos años en una pregunta, que nunca había
formulado al guardián. Le hace una seña para que se aproxime, pues su
cuerpo rígido ya no le permite incorporarse.
El guardián se ve obligado a inclinarse mucho, porque las diferencias de
estatura se han acentuado señaladamente con el tiempo, en desmedro
del campesino.
–¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián–. Eres insaciable.
–Todos buscan la Ley –dice el hombre–. ¿Y cómo es que en todos los
años que llevo aquí, nadie más que yo ha solicitado permiso para llegar
a ella?
El guardián comprendiendo que el hombre está a punto de expirar, le
grita, para que sus oídos debilitados perciban las palabras.
–Nadie más podía entrar por aquí, porque esta entrada estaba
destinada a ti solamente. Ahora voy a cerrarla.

EL SILENCIO DE LA SIRENAS
Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir
para la salvación. He aquí la prueba:
Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera
y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía
que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho
lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde
lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos
habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas.
Ulises no pensó en eso, si bien quizás alguna vez, algo había llegado a
sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo
de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en
pos de las sirenas con inocente alegría.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el
canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien
se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio.
Ningún sentimiento terreno puede equiparse a la vanidad de haberlas
vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal
vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio,
tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien
sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.
Ulises, (para expresarlo de alguna manera), no oyó el silencio. Estaba
convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente,
vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda,
los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo
era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo
comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte
personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no
supo mas acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban
sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando
la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un
momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían sido exterminadas aquel día.
Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era
tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces
de penetrar en su fuero interno. Puede que, aunque esto ya sea incomprensible para
la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan
sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera
a modo de escudo.

PREOCUPACIONES DE UN PADRE DE FAMILIA
(1917)
Algunos dicen que la palabra Odradek es de origen eslovaco, y de
acuerdo a esto tratan de explicar su etimología. Otros en cambio, creen
que es de origen alemán y sólo tiene influencia eslovaca. La imprecisión
de ambas interpretaciones permite suponer, sin error, que ninguna de
las dos es verdadera, sobre todo porque ninguna de las dos nos revela
que esta palabra tenga algún sentido.
Naturalmente, nadie haría estos estudios si no existiera en realidad un
ser que se llama Odradek. A primera vista se asemeja a un carretel de
hilo, plano y en forma de estrella, y en efecto, también parece que tuviera
hilos arrollados; por supuesto, sólo son trozos de hilos viejos y rotos,
de diversos tipos y colores, no sólo anudados, sino también enredados
entre sí. Pero no es sólo un carretel, porque en medio de la
estrella, emerge un travesaño pequeño, y sobre éste, en ángulo recto,
se inserta otro. Con ayuda de esta última barrita, de un lado, y de uno
de los rayos de las estrellas del otro, el conjunto puede sostenerse
como sobre dos patas.
Uno se siente inclinado a creer que esta criatura tuvo en otro tiempo
alguna especie de forma inteligible, y ahora está rota. Pero esto no parece
comprobado; por lo menos, no hay nada que lo demuestre; no se
ve ningún agregado o rajadura que corrobore esta suposición; es un
conjunto bastante absurdo pero dentro de su estilo, bien definido. De
todos modos, no es posible un estudio más minucioso, porque Odradek
es extraordinariamente ágil y no se lo puede apresar.
Se esconde alternativamente en la buhardilla, en la caja de la escalera,
en los corredores, en el vestíbulo. A veces no se lo ve durante meses;
suele mudarse a otra casa; pero siempre vuelve, fielmente, a la nuestra.
A menudo, cuando al salir por la puerta uno se lo encuentra apoyado
justamente debajo en la escalera, siente deseos de hablarle. Naturalmente,
no le hace una pregunta difícil, más bien lo trata –su tamaño
diminuto lo exige– como a un niño.
–Bueno, ¿cómo te llamas?
–Odradek –dice él.
–¿Y dónde vives?
–Domicilio indeterminado–dice, y ríe; es la risa que podría hacer alguien que
no tiene pulmones. Suena más o menos como el susurro de las hojas
caídas.
Y así termina generalmente la conversación. Por otra parte, no siempre
responde, frecuentemente se queda mucho tiempo callado, como la
madera de que parece estar hecho.
Ociosamente, me pregunto qué será de él. ¿Será posible que se muera?
Todo lo que se muere tiene que haber tenido alguna especie de intención,
alguna especie de actividad, que lo haya gastado; pero esto no
puede decirse de Odradek. ¿Será posible entonces que siga rodando por
las escaleras y arrastrando pedazos de hilo ante los pies de mis hijos y
de los hijos de mis hijos? Evidentemente, no hace mal a nadie; pero la
idea de que pueda sobrevivirme me resulta casi dolorosa.

LA PRUEBA
No hay trabajo para un criado. Soy medroso y no me pongo en evidencia;
ni siquiera me coloco en fila con los demás, pero esto es sólo una
de las causas de mi falta de ocupación; también es posible que nada
tenga que ver con eso; lo
importante es, en todo caso, que no soy llamado a prestar servicio;
otros han sido llamados y no han hecho más gestiones que yo; y acaso
ni siquiera han tenido alguna vez el deseo de ser llamados, en tanto
que yo lo he sentido, a veces, con mucha intensidad.
Así yazgo, pues, en el catre del cuarto de los criados, la mirada fija en
las vigas del techo, me duermo, me despierto y, en seguida, vuelvo a
dormirme. A veces cruzo hasta la taberna, donde sirven cerveza agria;
algunas veces por fastidio, he volcado un vaso, pero luego vuelvo a beber.
Me gusta sentarme allí porque, detrás de la pequeña ventana cerrada
y sin que nadie me descubra puedo contemplar las ventanas de
casa. No se ve gran cosa; a la calle dan, según creo, sólo las ventanas
de los corredores, y además, no de aquellos que llevan a los cuartos de
los señores; es posible también que me equivoque; alguien lo sostuvo
una vez, sin que yo se lo preguntara, y la impresión general de la fachada
lo confirma. Sólo de vez en cuando se abren las ventanas, y
cuando esto ocurre, lo hace un criado, que se inclina también sobre el
antepecho para echar un vistazo hacia abajo. Son, pues, corredores
donde no puede ser sorprendido. Por lo demás no conozco a esos criados;
los que son ocupados permanentemente arriba, duermen en otro
lugar; no en mi cuarto.
Una vez, al llegar a la hostelería, un huésped ocupaba ya mi lugar de
observación; no me atreví a mirar en forma directa hacia donde estaba
y quise volverme en la puerta para irme en seguida. Pero el huésped
me llamó y, así, entonces, advertí que también era un criado al que yo
había visto una vez en alguna parte, aunque sin haber hablado nunca
hasta entonces.
–¿Por qué quieres escapar? Siéntate aquí y bebe. Te invito.
Me senté, entonces. Me preguntó algo, pero no pude responder; ni siquiera
comprendía las preguntas. Por eso le dije:
–Quizás ahora te arrepientas de haberme invitado. Me voy, pues.
Quise levantarme. Pero él extendió la mano por encima de la mesa y
me retuvo en el asiento.
–Quédate –dijo–. Era sólo una prueba. El que no responde aprueba.

LA PARTIDA
Ordené que trajeran mi caballo del establo. El criado no me entendió,
así que fui yo mismo. Ensillé el caballo y lo monté. A la distancia oí el
sonido de una trompeta y pregunté el mozo su significado. El no sabía
nada; no había oído sonido alguno. En el portón me detuvo y preguntó:
–¿Hacia dónde cabalga, señor?
–No lo sé –respondí–, sólo quiero partir, sólo partir, nada más que partir
de aquí. Sólo así lograré llegar a mi meta.
–¿Entonces conoce usted la meta? –preguntó él.
–Sí –contesté–. Ya te lo he dicho. Partir, ésa es mi meta.
–¿No lleva provisiones?–preguntó.
–No me son necesarias –respondí–, el viaje es tan largo que moriré de
hambre si no consigo aumentos por el camino. No hay provisión que
pueda salvarme. Por suerte es un viaje realmente interminable.

DE NOCHE
¡Hundirse en la noche! Así como a veces se sumerge la cabeza en el
pecho para reflexionar, sumergirse por completo en la noche. Alrededor
duermen, los hombres. Un pequeño espectáculo, un autoengaño inocente,
es el de dormir en casas, en camas sólidas, bajo techo seguro,
estirados o encogidos, sobre colchones, entre sábanas, bajo mantas; en
realidad se han encontrado reunidos como antes una vez y como después
en una comarca desierta: un campamento al raso, una inabarcable
cantidad de personas, un ejército, un pueblo bajo un cielo frío, sobre
una tierra fría, arrojados al suelo allí donde antes se estuvo de pie,
con la frente contra el brazo, y la cara contra el suelo, respirando pausadamente.
Y tú velas, eres uno de los vigías, hallas al prójimo agitando
el leño encendido que cogiste del montón de astillas, junto a ti. ¿Por
qué velas? Alguien tiene que velar, se ha dicho. Alguien tiene que estar
ahí.

UNA PEQUEÑA FÁBULA
–¡Ay! –dijo el ratón–. El mundo se hace cada día más pequeño. Al principio
era tan grande que le tenía miedo; corría y corría y por cierto que
me alegraba ver esos muros, a diestra y siniestra, en la distancia. Pero
esas paredes se estrechan tan rápido que me encuentro en el último
cuarto y ahí en el rincón está la trampa, sobre la cual debo pasar.
–Todo lo que debes hacer es cambiar de rumbo –dijo el gato, y se lo
comió.

LA PARTIDA
Ordené que trajeran mi caballo del establo. El criado no me entendió,
así que fui yo mismo. Ensillé el caballo y lo monté. A la distancia oí el
sonido de una trompeta y pregunté el mozo su significado. El no sabía
nada; no había oído sonido alguno. En el portón me detuvo y preguntó:
–¿Hacia dónde cabalga, señor?
–No lo sé –respondí–, sólo quiero partir, sólo partir, nada más que partir
de aquí. Sólo así lograré llegar a mi meta.
–¿Entonces conoce usted la meta? –preguntó él.
–Sí –contesté–. Ya te lo he dicho. Partir, ésa es mi meta.
–¿No lleva provisiones?–preguntó.
–No me son necesarias –respondí–, el viaje es tan largo que moriré de
hambre si no consigo aumentos por el camino. No hay provisión que
pueda salvarme. Por suerte es un viaje realmente interminable.

A veces me pregunto qué clase de alma pudo escribir cuentos semejantes. Qué musa habrá inspirado a un tal judío checo oprimido por su padre a escribir esas fantasías desoladoras, angustiantes, incómodas, torturadas, desasosegadoras.

Borges observaba que “Dos ideas –mejor dicho, dos obsesiones- rigen la obra de Franz Kafka. La subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda. En casi todas sus ficciones hay jerarquías y esas jerarquías son infinitas. […] La crítica deplora que en las tres novelas de Kafka falten muchos capítulos intermedios, pero reconoce que esos capítulos no son imprescindibles. […] El pathos de esas “inconclusas” novelas nace precisamente del número infinito de obstáculos que detienen y vuelven a detener a sus héroes idénticos. Franz Kafka no las terminó porque lo esencial era que fuesen interminables. *[…] Kafka no tiene porqué enumerar todas las vicisitudes. Bástenos comprender que son infinitas, como el Infierno.”

No existe escapatoria posible al caer en lugares comunes y banalidades, si ensayara una especie de crítica, de análisis (como si tales cosas me fueran posibles). Y es que en realidad, tampoco tengo mucho que decir que no sea un lugar común, algo ya dicho y redicho y sabido por todos. Sólo me queda mencionar mi propia experiencia. Pero, qué decir, ¿que sus ambientes –laberintos los llama Bioy Casares, seguramente por influencia de Borges- atroces me hacen, irremediablemente, temblar cada vez que los visito; que sus fantasías-pesadillas hechas de absurdo mandan escalofríos a través de mi espalda; que ese absurdo es la incomprensión, la incomprensión ante fuerzas que nos superan y desconocemos y que son tan inalcanzables como absolutas?

Bioy Casares afirma que “Kafka, con ambientes cotidianos, mediocres, burocráticos, logra la depresión y el horror”. Y es que hay algo de horror intrínseco o de violencia implícita, en cuentos como “Poseidón” (“Solía decir que por eso esperaba que llegase el fin del mundo, dónde, y sólo después de haber revisado la última cuenta, tendría tiempo para una rápida gira”), “El silencio de las sirenas” (“De haber tenido conciencia, las Sirenas habrían sido exterminadas ese mismo día”), “El escudo de la ciudad”, “Prometeo”, “El buitre”, “Una confusión cotidiana”, o especialmente –en la humilde opinión de quien esto escribe- “Preocupaciones de un padre de familia”. Sus cuentos nos aterrorizan, sin ser en absoluto de terror. Ese terror, como el de la literatura fantástica, proviene del absurdo. O, mejor dicho, de esas postergaciones infinitas, de la infinita subordinación ante algo que no comprendemos. El terror de cuentos como Poseidón o “El escudo de la ciudad” viene de eso que no podemos explicar, de que no hay explicación. Particularmente, en mi modesta opinión, el terror absoluto de “Poseidón” viene de esa última frase “en el fin del mundo, y sólo después de haber revisado la última cuenta, tendría tiempo para una rápida gira”. Ante la destrucción del mundo, revisar las últimas cuentas. Esa clase de terror nos invade.

En mi opinión, hay una gran violencia contenida en la obra de Kafka. Una especie de espasmo solo visible superficialmente, una especie de viscerabilidad, de violencia implícita, la recorre. En “El puente”, en “Una confusión cotidiana” o “El escudo de la ciudad” se hace visible más explícitamente, en “Comunidad”, “El piloto”, “¡No bromees!”, “Sobre el reclutamiento de tropas”, las deducimos de los actos de los personajes, de la violencia y prepotencia con la que se tratan (como en Comunidad). A veces, esa violencia no es física, sino simplemente producto del abuso.

Jordi Llovet observa que la literatura de Kafka es literatura anarquista. “Toda la literatura de Kafka podría ser considerada como una muestra apabullante y genial de literatura anarquista […] sino fuera por dos elementos: Su respeto por una Ley Verdadera que parece haberse esfumado […] y su radical imposibilidad de compartir cualquier credo político, incluso del que los niega a todos”. Lo confirma esta anécdota de Kafka con Max Brod, su bienaventurado e insubordinado albacea: Una tarde al volver del Instituto de Seguros contra Accidentes de trabajo [su labor allí era, en palabras de Juan Forn “contemplar –y luego redactar, con lujo de detalles- todas las posibilidades en que las máquinas podían dañar al hombre […] todas descriptas en el lenguaje más puntilloso, desapasionado, razonable], luego de haber tratado toda la jornada con obreros mutilados a causa de las deficientes condiciones laborales, Kafka le dijo a Max Brod con perplejidad: “Vienen mansamente a ver si podemos hacer algo por ellos, en lugar de destruir el Instituto y aniquilarlo todo”. En efecto: algo de profundamente anarquista, de rebeldía -no, la palabra no es rebeldía. Es más bien impotencia– contra leyes que “no son conocidas por todos: son secreto de la nobleza que nos gobierna” hay en cuentos como “La denegación”, el citado “Sobre la cuestión de las leyes”, “¡No bromees!, “El golpe en el portón de la esquina, “La construcción de la muralla china”. En el último de ellos, se menciona que “En el despacho de la Dirección –dónde estaba y quiénes estaban, eso lo han ignorado y lo ignoran cuántos he interrogado–, en ese despacho se agitaban, sin duda, todos los pensamientos y todos los deseos humanos e inversamente todas las metas y todas las plenitudes.”. Son cuentos, en mi humildísima opinión, profundamente anarquistas sin ser jamás, nunca, panfletarios o políticos. El ideal anarquista viene del reconocimiento que hace a través de ellos, el lector, del Estado burocrático como un sistema inherentemente injusto.

“La literatura de Kafka ha sido considerada profética de la crueldad y el absurdo que la existencia humana alcanzaría a lo largo del siglo XX” dice, anónimamente, el Clarín. Permítanme, por una vez, estar de acuerdo.

Posdata 1: Verdaderamente les recomiendo que, al menos, intenten sumergirse en las uniformes y tenebrosamente racionales pesadillas de Kafka. Sus textos son harto fáciles de conseguir y sin duda alguna en cualquier librería deben tener, al menos, La metamorfosis o alguna antología de sus relatos cortos, tanto más superiores (por ser más breves, más condensados) a sus novelas y cuentos largos. En sus páginas podrán encontrar, se los prometo, el mismo estupor, el resignado pesimismo y la misma angustia ante el absurdo del mundo que, muchos de los que lo habitamos, compartimos con él. Creo que pocas (ninguna) literatura sintetiza tan soberbiamente la perplejidad y angustia ante el absurdo con el que tenemos que lidiar, día a día, en esta vida y en esta lucha.

Posdata 2: No incluí, por razones de espacio, el que es, para mí gusto, el mejor relato largo de Kafka: La construcción, una verdadera fantasía fantasmal, claustrofóbica, alucinatoria y paranoica. Su oración postrera (o, quizás, todo el relato) sintetiza una angustia que pocas veces he encontrado en la literatura.

Posdata 3: No sé si, entre todas mis opiniones personales, alguna merezca un mínimo de atención. No soy crítico literario y supongo que cualquiera podría hacer un análisis más profundo, pero sólo me limité a dar mi humildísima opinión.

*Las bastardillas son mías.

Interín

No sería injusto preguntarme el porqué de esforzarse en pelear una guerra perdida. A esta pregunta, caben varias respuestas. Podría servirme de lugares comunes, letras de canciones populares, hasta podría recurrir a mi propio pensamiento. Pero aborrezco los primeros (mas no estaré totalmente libre de ellos) , desconfío de las segundas, y en cuanto a la tercera, ¿Cuánto vale la palabra de un girl lover ? Nada no sería exagerado.

Hojeando en busca de una solución, me parece que esta es la más acertada.

“Quizá haya sido el instinto el que, en razón de la ciencia, pero de una muy diferente a la actual, me haya hecho apreciar más una ciencia que sea el non plus ultra de las demás: el arte de valorar la libertad por sobre toda otra cosa. ¡La libertad! Sí, la libertad, tal como nos es posible actualmente, es una planta bien endeble; pero de todos modos libertad, de todos modos un patrimonio.” 

                                                                                           -Franz Kafka 

El postrer texto Kafka lo escribió en 1922, 12 años antes de que Hitler llegara al poder y asesinara a todas sus hermanas en los campos de concentración.

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