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Macedonio Fernández: impensador mucho

 

 

“Si muero será con mucha sorpresa de mi parte”

 

Mucho se ha hablado de Macedonio y Borges. Muchos –entre los que me incluyo- lo conocimos ante las constantes y sonantes alabanzas que el último no dudaba en prodigar. También por esa recomendación, irresistible, que aparecía sobre el cuento de Macedonio “Tantalia” (irresistible también) en la antología de literatura fantástica de Bioy Casares, Borges y Ocampo. Dicen que la obra de Macedonio (llamar a un Fernández por el apellido es como no llamarlo) es originalísima. Y la verdad es que sin considerarme un “experto” ni mucho menos puedo corroborar esa aseveración, por lo menos en cuanto a sus cuentos se refiere.

Macedonio era un impensador. Cansado de la modernidad, la posmodernidad, los cientos de “ismos” y la confusión del arte y la vida contemporánea, buscó una vida casi asceta, como dice Borges “que rara vez condescendió a la acción y vivió entregado a los placeres del pensamiento”. Además, su pensamiento era anarquista

Su literatura es tan rebelde como original y graciosa, pero Macedonio se rebela contra las pequeñas-grandes “desatenciones” de la vida. Como muestra en “cuento de literatura no literaria”, su revolución es una revolución pacífica y casi mínima, donde el hombre simple –que para Macedonio es bueno- es el que desde su bondad y sencillez alienta el cambio. Más que rebelarse contra algo, más que creer en algo, busca una religión del No-creer donde la ortodoxia es un no-credo. Más que pensar, Impensar. Ya que el mundo moderno es tan hostil a cualquier forma de pensamiento o rebelión, salirse de él, revelarse de la manera más radical posible: sin revelarse. Fuera de todas las corrientes y todo el pensamiento, hacer el bien desde nuestro pequeño lugar. Cuestionar todo, incluso el cuestionamiento. Impensar. (“la erudición le parecía una cosa vana, una forma aparatosa de no pensar”. “Macedonio Fernández”. Borges)

Muchas veces M.F. no puede evitar parecer, digamos, algo anacrónico, como en sus protestas contra los médicos y la terapéutica. Tal vez pueda pecar de simplicidad y cierta fe ciega en su verdad (para Fernández el mejor sistema productivo es el capitalista), pero es tan irresistible como terco. (“La actividad mental de Macedonio era incesante y rápida, aunque su exposición fuera lenta; ni las refutaciones ni las confirmaciones ajenas le interesaban. Seguía imperturbablemente su idea” Ibid.).

Los cuentos de Macedonio son cuentos metafísicos, entendiendo por metafísicos por obras donde discute en prosa sus ideas acerca de esta rama de la filosofía (Fernández era un filósofo no académico, aunque seguramente él se hubiera llamado no-filósofo). En sus relatos la preocupación por la muerte, la maldad y las pequeñas muertes de cada día son constantes. Para Macedonio el hombre no es necesariamente malvado, pero la insensibilidad de la época puede provocar maldad en la simple apatía. Su literatura se horroriza ante el hecho de que alguien o algo bueno sea ultrajado, o simplemente denigrado. Como expone en Tantalia, la maldad ante algo Bueno puede provocar el suicidio del Cosmos. Su obra también tiene fuertes rasgos de humor, pero peca de ser –intencionadamente- demasiado disgresiva. Fernández escribía para pensar y pensaba escribiendo, la calidad estética de su obra le parecía secundaria (“Ensayo de un nuevo género literario: el cuento sin literatura, incongruente casi y sin elegancias y que por lo mismo deja irritantemente grabado el solo hecho esencial”).

Su obra no merece aparecer ligada exclusivamente al nombre de Borges, sino que, merecidamente, debe tener su lugar propio. Sus cuentos son brillantes y pequeños y su actitud de impensar como rebelión es encomiable.

Cuento de literatura no literaria*

En aquel bar, restaurante y confitería vastísimos, abundantes de lo más variado y caprichoso, servía desde veinte años a multitud de clientes renovándose, con una solicitud y presteza incansables, Tomás, una santidad de lo servicial y de cordialidad y simpatía a todo cliente y sus gustos y antojos, que le alegraban siempre y no le irritaban nunca por exigentes y laboriosos de satisfacer y combinar. El gusto de cada uno, de infinita variedad, todos tan legítimos y con los que somos poco tolerantes a menudo, era su Pasión.

¡Podrá creerse que hubo quien a sabiendas marchitó por un momento, hirió y desmayó esta actitud humana tan hermosa, esta real y constante caridad, esta magnífica postura de ser genuinamente hombre! Ser un humano cual Tomá es ser hoy un inmenso revolucionario, un invitante máximo a la recuperación humana, ya quizá desesperada en medio de tantos discursos, cataduras y aposturas de benevolencia y ciencia, cuando sólo se practica servir bombas, mentiras y despojos, en guerra y en paz igualmente.

Hacer, preparar niños que sean como Tomás es el único camino de recuperación, si todavía es posible; el único recurso casi artificioso que, entre tantos planes ostentosos, insinceros, afiebrados, más o menos ignorantes, puede conducir a esa obra sin la cual no habrá salvación, es forzar las cosas y situaciones a maneras y arreglos que a su vez fuercen a la cordialidad en la convivencia.

El cliente que viene entrando con amigos al Bar es tipo de la desmoralización de la época, no un malvado, pero sí tocado de algún vicio de maldad. Es viejo cliente como sus amigos, clientela afectuosa con Tomás. Pero quiérese creer que ha llegado para la psicología o muy sólida o clara de Agustín Llanos un momento de serle irritante la felicidad de cumplir pedidos en Tomás, y se ha propuesto turbarla, sin consultar a sus amigos, quienes han solido elogiar la constante amabilidad de Tomás.

-¿Y usted qué pide, don Agustín?

-Pues me traes una tajada bien tostada de hielo rodeada de garbanzos del puchero de ayer.

-Pero esto –balbuceó Tomás- no lo sabemos preparar aquí; yo voy a ver, a preguntar, pero no habrá quizá…

Tomás temblaba, palidecía; se apoyó en una silla; se sentó de golpe y cayó sin vida.

Sirviendo complacido a todos, gustoso de verlos llegar directamente a las mesas suyas, aunque cansado, asediado de atenciones al fin de la tare, su sonrisa de bueno, su semblante dirigido a Agustín, recibió la muerte, de éste.

¿Tiene perdón una torpeza tal, cuando nos asedian los simuladores del Servir en todas las profesiones y actividades, un porciento terrible de simuladores del hacer y del dar, del traer verdad, del intentar el bien?

¿No es policial el dolor y muerte de ese hombre tan bueno? Hay sucesos que por su intensidad sentida son policiales, mas les falta la exterioridad violenta.

Yo quisiera que su publicación en Crónica de Policía hiciera sentir más netamente lo que vale el dolor moral y lo que puede dañar y torturar la torpeza, el descuidar los sentimientos ajenos.

Como yo debo también consideración a los sentimientos de los otros, aliviaré los del lector declarándole que lo relatado no ocurrió. Pero afirmo que me dolería mucho menos que Tomás hubiera muerto de un tiro o un accidente; lo que me subleva es esa muerte por desquiciamiento interior, vacío instantáneo de la Ilusión de Servir que daba calor a su vida entera.

(1944)

Written by porlaverdad3

22/08/2010 at 14:05

Publicado en Arte

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Diez cuentos favoritos

Tenía ganas de hacer listas, así que hagamos una media tontuela: mis diez cuentos favoritos (uno por autor y estos en orden alfabético.

“El misterio” – Andréiev, Leonid

“Enoch Soames” – Beerbohm, Max

“La biblioteca de Babel” – Borges, Jorge Luis

“La tercera expedición” – Bradbury, Ray

“Otra vuelta de tuerca” – James, Henry

“Los venenos” – Cortázar, Julio

“La fe de nuestros padres” – Dick, Philip K.

“Tantalia” – Fernández, Macedonio

“La construcción” – Kafka, Franz

“ ‘El cuento más hermoso del mundo’ ” – Kipling, Rudyard

Qué decir… no mucho. Tal vez, de Kafka, hay decenas de cuentos de él que me encantan y que, tal vez, sean más populares (“Ante la ley”, “La construcción de la muralla china”, “Un artista del hambre”), pero elijo La construcción porque me parece que tiene esa sensación de paranoia, de claustrofobia que me parece tan suya y que no encuentro en ningún otro lado… Aparte, al igual que “El castillo”, es un cuento de lo que podríamos llamar “literatura ambiental” o “atmosférica” (en el sentido de que el énfasis está en crear una atmósfera, un ambiente, antes que en la narración, y el cual, a diferencia del terror gótico –que también se especializa en eso- no se apoya en un engorroso lenguaje barroco –el vocabulario de Kafka siempre es sencillo y conciso-, sino en la tortura y la paranoia psicológica), y que a mí particularmente me encanta.

De Borges, también, podría elegir “Funes el memorioso”, o “Tlon, Uqbar, Tertius” o “El sur”, pero “La biblioteca…” tiene ese noséqué de estupor metafísico, de inquietud, de terror ante el infinito y la soledad.

El título de “El cuento más hermoso del mundo” está lejos de ser una hipérbole pretenciosa. Verdaderamente podría estar, cuando un hipotético tribunal futuro juzgue la mera literatura de estas épocas, en la selección de lo más hermoso. Todo en ello es perfecto: la descripción del protagonista, la inquietud de índole fantástica, la aparición del amor.

“Los venenos” de Cortázar tal vez sorprenda a alguno, que esperaba “Casa tomada”. Yo, como pedófilo y como nostálgico sin remedio de la infancia, me quedo con “Los venenos”, un cuento, un relato, que supera, a mis ojos, cualquier belleza: su descripción de la infancia en formato “súper 8”, cargada de melancolía, mirando a través del prisma de la nostalgia al primer amor, ante esa belleza suprema de una niña que “estaba con su vestido de lunares anaranjados, que era el que más me gustaba”, verdaderamente me llenan, me sigue llenando de lágrimas los ojos. Este cuento es la última oda a la niñez, “Music has the right to children” de Boards of Canada hecho literatura, “Cuentos asombrosos” hecho cuento de verdad. Es un relato tan chiquito y perfecto y hermoso y nostálgico y maravilloso y colorido y amoroso que difícilmente tenga parangón. Me parece, para mí gusto absolutamente melancólico hacia la infancia, infinitamente mejor a “Casa tomada”.

Muchos dirán “pero che, ¡’Otra vuelta de tuerca’ no es un cuento!” Pues allá ellos. “Otra vuelta de tuerca” es un cuento largo, pero cuento al fin. ¿Qué me gusta de él? Además de inscribirse en la misma línea de ciertos relatos kafkianos de “literatura ambiental”, una de las cosas que más me gustan de él, y ciertamente no la menor, es Flora. Flora es, en palabras de James, “beatífica visión de belleza angelical”. Flora es la niñita más hermosa de toda la literatura (CAGATE LOLITA). Aparte, ese nombre, Flora, qué nombre PRECIOSO, un nombre tan hermoso y bello como su hermosísima portadora. Así que “Otra vuelta de tuerca” aparte de ser el mejor relato de fantasmas jamás hecho sirve como bonita excusa para estar cerca de una de las más hermosas niñitas de toda la literatura.

“Tantalia”, de Macedonio Fernández

“Y alumbró prestamente la idea de martirizar la inocencia y orfandad a fin de obtener el suicido del Cosmos por vergüenza de que en su seno prosperara una escena tan repulsiva y cobarde”

“Tantalia”, del escritor argentino Macedonio Fernández, es uno de los relatos más viscerales, descarnados y tenebrosos que puedan tener la oportunidad de leer.

Brevemente, narra la historia de un joven, un muchacho, que liga su destino amoroso a una plantita: la salud de ésta es el amor eterno con su amada. Sin embargo, esto tiene su consecuencia lógica: el temor de que un pequeño descuido la mate, matando a su amor. Decide desembarazarse de esta pesada carga, pero comprende que no puede. Escribe: “ya que cuando fue mi ánimo hacer la felicidad de un trébol tuve que renunciar al intento y desterrarlo […], el péndulo de mi pervertida y descalabrada voluntad transportó al otro extremo, surgiendo de súbito en una mutación opuesta, en el malquerer”

Despechado, herido y tal vez misántropo, alumbra una idea tan increíble y fantástica como tenebrosa: convertirse en el torturador de un trébol. Torturar, durante sus días y sus noches, a la forma de vida más endeble, ínfima y desprotegida de la creación: una pequeña plantita de trébol. Negarle el agua, exponerla a los martirios del sol y del viento en exceso o en defecto, convertir la existencia de una pequeña plantita en un suplicio. La idea es de por sí, increíble, fantástica, brillante, originalísima, extraña. Pero la conclusión que le otorga Fernández nos deja con la boca abierta. Escribe:

“Y alumbró prestamente la idea de martirizar la inocencia y orfandad a fin de obtener el suicido del Cosmos por vergüenza de que en su seno prosperara una escena tan repulsiva y cobarde”

El suicido del Cosmos. Por vergüenza.

Sencillamente increíble.

El torturador se propone nada más y nada menos que torturar a un pequeño trébol a fin de conseguir que el Universo se suicide ante la vergüenza de semejante atrocidad. La idea, la imaginación es extraordinaria, asombrosa.

“Tantalia” es un cuento desolador, tortuoso, fantástico, descarnado, revulsivo. La idea que propone es, a mi juicio, de las más originales y felices que tuve la oportunidad de leer. Su visión del universo como una “inspiración tantálica” es, a mi entender, más convencional, pero contribuye a ese clima de depresión desoladora ante un mundo que se presenta como de placeres –es decir, el amor de su pareja- tan infinitos como, siempre, inaccesibles. A este nihilismo existencial le corresponde el cinismo del protagonista: su desencanto de la vida lo lleva a buscar la muerte del Universo. Ni más ni menos.

Es un verdadero placer y es un lujo poder leer semejante ejercicio de imaginación.

PD: Otra lectura del cuento en http://www.jornada.unam.mx/2005/08/21/sem-adriana.html

Tantalia – Macedonio Fernández


El mundo es de inspiración tantálica.

Primer momento: El cuidador de una plantita.

Él acaba por convencerse de que su sentimentalidad, aptitud de simpatía, que viene desde tiempo luchando por recuperar, está agotada, y en los sufrimientos de este descubrimiento cavila y halla por fin que quizá el cuidado de una plantita endeble, de una mínima vida, de lo más necesitado de cariño, debiera ser el comienzo de la reeducación de su sentimentalidad.
Ocurre que pocos días después de esta meditación y proyectos en suspenso, Ella, sin sospechar tales cavilaciones pero movida por una aprensión vaga del empobrecimiento afectivo en él, le envía por regalo una plantita de trébol.
Él resuelve adoptarla para iniciar el procedimiento entrevisto. La cuida con entusiasmo durante un tiempo y cada vez más se percata de la infinidad de atenciones y protecciones, expuestas a un descuido fatal, exigidas para la seguridad de la vida por un ser tan débil, al que un gato, una helada, un golpe, sed, calor, viento, amenazan. Se siente intimidado por la posibilidad de verla morirse un día por mínimo descuido; pero no es sólo el temor de perderla para su cariño, sino que conversando con Ella, cavilosos como todos los que están en la pasión, y más cuando en esa pasión uno decae, llegan a la obsesión de que exista algún nexo de destinos entre el vivir de la plantita y su vivir o el de su amor. Fue Ella la que un día vino a decirle que ese trébol fuera el símbolo del vivir del amor.
Empiezan a temer que la plantita muera y muera así, uno u otro, y lo que es más: el amor, única muerte que hay. Se ven sucesivamente, meditando en coloquios, creciendo el pavor a que se ven sujetos. Deciden entonces anular la identidad reconocible de esta plantita para que, eludiendo el mal presagio de matarla, nada haya identificable en el mundo a cuyo existir esté supeditada la vida y amor de ellos; y al par así, sitúanse en la asegurada ignorancia de no saber nunca si aquel existir vegetal que tan singularmente se había hecho parte en las vicisitudes de una pasión humana, se muere o vive. Resuelven, entonces, de noche, en un paraje no reconocible para ellos, perderla en un vasto trebolar.

Segundo momento: Identidad de una mata de trébol.

Pero la excitación que iba creciendo desde algún tiempo en Él, y el desencanto de ambos por haber tenido que renunciar a la comenzada tentativa de reeducación de su sensibilidad y al hábito y cariño de cuidar a la plantita que alboreaba en Él, se traduce en un acto oculto que realiza al retorno de esa labor de olvidación en las sombras. En el trayecto, sin que lo advirtiera de fijo pero con algún pulso de zozobra en Ella, sin embargo, Él se inclinó y cogió otra mata de trébol.
—¿Qué hacés?
—Nada.
Ambos se separaron al amanecer, quedando en Ella algo de sobresalto, en ambos el alivio de no reconocerse ya dependientes del vivir simbólico de esa plantita, y en ambos también la pavura que nos viene de todas las situaciones de lo irreparable, cuando acabamos de crear un imposible cualquiera, como en este caso el imposible de saber jamás si vivía y cuál era la plantita que fuera al principio obsequio de amor.

Tercer momento: El torturador de un trébol.

“Por múltiples modos y males me veo sin placeres ni de inteligencia o arte ni sensuales, que se brindan en torno. Me voy quedando sordo habiendo sido la música mi mayor goce; los largos paseos entre los cercos se hacen imposibles por mil detalles de decadencia fisiológica. Y así en las demás cosas…
“Esta plantita de trébol ha sido elegida por mí para el Dolor, entre otras muchas; ¡elegida! ¡pobrecita! Veré si puedo hacerle un mundo de Dolor. Si su Inocencia y su Tortura llegan a tanto que estalle algo en el Ser, en la Universalidad, que clame y logre la Nada para ella y para el todo, la Cesación, pues el mundo es tal que no hay siquiera muerte individual; el cesar del Todo o la eternidad inexorable para todos. La única cesación inteligible es la del Todo; la particular de que el que ha sentido una vez cese de sentir, quedando existente, cesado él, la restante realidad, es una contradicción verbal, una concepción imposible.
“Elegida entre millares, te tocó a ti serlo, serlo para el Dolor. Aún no; ¡desde mañana seré contigo un artista en Dolor!
“Durante tres días, sesenta, setenta horas el viento del verano estuvo constante oscilando dentro de un corto ángulo, fue y volvió de un acento y de una dirección a una pequeña variante de acento y dirección; y la puerta de mi habitación retenida en su batir entre el quicio y una silla que puse para acortar su oscilar, batía sin cesar, y el postigo de mi ventana golpeaba también sin cesar sometido al viento. Sesenta, setenta horas la hoja de la puerta y el postigo cediendo minuto a minuto a su distinta presión, y yo al par, sentado o columpiándome en la silla de hamaca.
“Parece entonces que yo me dije: esto es la Eternidad. Parece que fue por esto que veía yo, por esa formulación de hastío, de no sentido de las cosas, de no finalidad, de todo es lo mismo, dolor, placer, crueldad, bondad, que hubo nacido el pensamiento de hacerme el torturador de una plantita.
“Ensayaré —me repetía— sin intentar ya amar de nuevo, torturar lo más endeble e indefenso, la forma más mansa y herible de la vida: seré el torturador de esta plantita. Esta es la pobrecita elegida entre miles para soportar mi ingenio y empeño torturador. Ya que cuando fue mi ánimo hacer la felicidad de un trébol tuve que renunciar al intento y desterrarlo de mí bajo sentencia de irreconocibilidad, el péndulo de mi pervertida y descalabrada voluntad transporté al otro extremo, surgiendo de súbito en una mutación opuesta, en el malquerer, y alumbró prestamente la idea de martirizar la inocencia y orfandad a fin de obtener el suicidio del Cosmos por vergüenza de que en su seno prosperara una escena tan repulsiva y cobarde. ¡Al fin y al cabo, el Cosmos también me ha creado a mí!
“Yo niego la Muerte, no hay la Muerte aún como ocultación de un ser para otro, cuando para ellos hubo el todo amor; y no la niego solamente como muerte para sí mismo. Si no hay la muerte de quien sintió una vez, ¿por qué no ha de haber el dejar de ser total, aniquilamiento del Todo? Tú sí eres posible, Cesación eterna. En ti nos guareceríamos todos los que no creemos en la muerte y no estamos tampoco conformes con el ser, con la vida. Y creo que el Deseo puede llegar a obrar directamente, sin mediación de nuestro cuerpo, sobre el Cosmos, que la Fe puede mover montañas; creo yo aunque nadie otro creyera.
“No puedo reavivar el lacerante recuerdo de la vida de dolor que sistematicé, ingeniándome cada día en nuevos modos crueles para hacerla padecer sin matarla.
“Como por sobre ascuas tendrá que decir que la colocaba todos los días próxima e intocada de los rayos del sol y tenía la prolijidad de crueldad de alejarla con el avanzar de la mancha del sol. Apenas la regaba para que no muriera y en cambio la rodeaba de recipientes de agua y había inventado fieles rumores de lluvia y lloviznas vecinas que no llegaban a refrescarla. Tentar y no dar… El mundo es una mesa tendida de la Tentación con infinitos embarazos interpuestos y no menor variedad de estorbos que de cosas brindadas. El mundo es de inspiración tantálica: despliegue de un inmenso hacerse desear que se llama Cosmos, o mejor: la Tentación. Todo lo que desea un trébol y todo lo que desea un hombre le es brindado y negado. Yo también pensé: tienta y niega. Mi consigna interior, mi tantalismo, era buscar las exquisitas condiciones máximas de sufrimiento sin tocar a la vida, procurando al contrario la vida más plena, la sensibilidad más viva y excitada para el padecer. Y logré que en esto el dolor de privación tantálica la estremeciera. Mas no podía mirarla ni tocarla; me vencía de repulsión mi propia obra; (cuando la arranqué, en aquella noche tan negra a mi espíritu, no miré hacia donde estaba y su contacto me fue por demás odioso). El rumor de lluvia sin alcanzarle su húmedo frescor hacíala retorcerse. ¡Vergüenza!
“¡Elegida entre millones para un destino de martirio! ¡Elegida! ¡Pobrecita! ¡Oh!, tu Dolor ha de saltar el mundo. Cuando te arranqué ya estabas elegida por mi ansia de atormentar.”

Cuarto momento: El amigo.

Vemos a su amigo Luis entrar a su habitación; y en el centro de ésta detenerse, pálido y hurgando todo en torno con la mirada, agitado.
—Venía a sacarte de aquí para distracción. Pero me he sentido aquí amenazado con un sufrir súbito. ¿Es que aumenta tu malestar?
Él, sentado como pasaba las horas espiando a la plantita reseca y helada entre él y la ventana, separada de la lluvia y del rayo de sol que unos días u otros podían regarla o calentarla, contestó:
—Como siempre.
Agitándose, Luis gritó:
—¿Pero quién sufre aquí? ¡Qué destrozarse, qué agonizar! Me voy a respirar.
Él, avergonzado, rojo de rubor, quedó retorciéndose. Exclamaba, mirando por donde partía Luis: Feliz de él, feliz, feliz.

Quinto momento: Nuevo sonreír.

La fórmula radical, íntima, de lo que él estaba haciendo miserablemente, era la ambición y ansiedad de lograr el reemplazo por la Nada de la Totalidad, de todo lo que hay, lo que hubo, lo que es, de toda la Realidad material y espiritual. Creía que el Cosmos, lo Real, no podría soportar mucho tiempo, avergonzándose de albergar en su ámbito una escena tal de tortura ejercida sobre un primer eslabón de lo viviente más frágil, por el mayor poder y dotación de lo viviente. ¡El hombre tiranizando un trébol! ¡Era para eso que había advenido el Hombre!
La irritación de lo rehusado después de ofrecido enloquece de perversidad a un hombre de máximo pensamiento. De ahí el martirio cobarde, el repugnante complacimiento del mayor poder en una alevosía a un mínimo existir.
Su pensamiento sabía la igual posibilidad de la Nada y el Ser, y creía inteligible y posible una sustitución del Todo-Ser por la Todo-Nada. Él, como el máximo de la Conciencia de Vida, como hombre y hombre excepcional en dotes, era quien podría en un refinamiento último de pensamiento haber hallado el resorte, el talismán que podría determinar la opción del Ser por la Nada; opción o reemplazo o “empujamiento afuera” del Ser por la Nada. Porque verdaderamente, dígaseme si no es así, si no es cierto que no hay elemento alguno mental que pueda decidir que la Nada o el Ser difieran en su posibilidad de darse en grado alguno; si no es totalmente posible que se diera la Nada en lugar del Ser. Esto es cierto, evidente, porque el mundo es o no es, pero si es, es causalístico, y así su cesación, su no ser es causable, aunque el resorte buscado no determinara la cesación del Ser, quizá otro la determinaría… Si el darse el Mundo o la Nada son de absoluta igual posibilidad, en este equilibrio o balanza de Ser y Nada, una brizna, una gota de rocío, un suspiro, un deseo, una idea, pueden tener eficacia para precipitar la alternativa de un Mundo de Ser a un Mundo de No-Ser.
Vendría un día el Salvador-de-Ser…
(Yo lo digo comentando, teorizando lo que él hizo, pero no soy Él)
Pero Ella vino un día:
—Dime, ¿qué hiciste aquella noche, porque yo sentí el opaco rumor de un desenraizar de matita, el sonido de la tierra que apaga el arrancar de una tierna raíz ¿Eso es lo que yo oí?
¡Y entonces: Él se sintió de nuevo en su natural después de una larga peregrinación tras de respuesta, y se echó a llorar en brazos de Ella y la amó de nuevo, inmensamente, como antes! Era un llanto que hacía diez o doce años no lograba derramarse, que hinchaba su corazón, que había querido hacer estallar el mundo, y al serle recordado el gritito, el murmullo abismante del dolorcillo vegetal, de pequeña raíz arrancada, ¡fue eso! lo que necesitó su naturaleza para que el llanto, desbordándose, lavara su ser todo y lo volviera a los días de su plenitud de amor… Un gritito sofocado de raíz doliente entre la tierra, así como pudo decidir hacia el No-Ser toda la Realidad, pudo entonces cambiar toda la vida de Él.
Yo lo creo. Y lo que cree todo el mundo es mucho más de lo que nuestro creer en esto —¿quién se mide en el creer?—; no me digáis, pues, absurdo temerario en el creer. Cualquier mujer cree que la vida del amado puede depender del marchitarse del clavel que le diera si el amado descuida ponerlo en agua en el vaso que ella le regaló otrora. Toda madre cree que el hijo que parte con su “bendición” ya protegido de males. Toda mujer cree que lo que reza con fervor puede sobre los destinos. Todo-es-posible es mi creencia. Así, pues.
Yo lo creo.
No me engaña el verbiario hinchado del plácido ideario de muchos metafísicos, con sus juicios fundados en juicios. Un Hecho, un hecho que enloquezca de humillación, de horror, al Secreto, al Ser-Misterio, el martirio de la Inocencia Vegetal por la máxima personalización de la Conciencia: el Hombre, por el máximo poder no mecánico. Un hecho tal, sin necesidad de verificación, meramente concebido por una conciencia humana, creo que puede estremecer hacia el No-Ser todo lo que es.
Concebido está; luego la Cesación está potencialmente causada; podemos esperarla. Pero la milagrosa re-creación de amor concebida al par por el autor, batallará quizá con aquélla o triunfará más tarde después de realizado el No-Ser. En verdad el continuo psicológico conciencial es una serie de cesaciones y re-creaciones más que un continuo.
Los he visto amarse otra vez; pero no puedo mirarlo a él o escucharlo sin súbito horror. Ojalá nunca me hubiera hecho su terrible confesión.

Written by porlaverdad3

27/03/2009 at 02:49

Publicado en Arte

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